Las murallas de Úbeda: de los Miradores del Salvador al Huerto del Carmen, Fuente Seca y la Puerta del Losal


Úbeda no nació únicamente como ciudad renacentista. Antes de los palacios, antes de las grandes portadas nobiliarias y antes de que la piedra se hiciera arte en manos de Vandelvira, Úbeda fue una ciudad cercada, vigilante y defensiva. Su historia más antigua está escrita en sus murallas, en sus puertas, en sus torres, en sus cuestas y en esos rincones donde la ciudad todavía conserva la memoria de haber sido frontera.

Durante la etapa árabe, la antigua Úbeda tomó forma como ciudad con identidad propia bajo el nombre de Medina Ubbadat al-Arab, la Úbeda de los árabes. Aquel núcleo urbano formaba parte del distrito de Jaén y contaba con un recinto amurallado que protegía tanto la ciudad como la ciudadela. No se trataba solo de levantar muros: era una manera de defender la vida cotidiana, de controlar los accesos y de asegurar una población situada en una tierra expuesta a continuos conflictos.

Uno de los recorridos más importantes para comprender esa Úbeda medieval es el que discurre por la zona oriental del antiguo recinto: los Miradores del Salvador, la Cuesta de Santa Lucía, el Huerto del Carmen, las murallas de San Millán, la Fuente Seca y la Puerta del Losal o de Sabiote. Es un tramo cargado de historia, pero también de silencio. Muchas veces pasamos junto a estos muros sin detenernos a pensar que esas piedras formaron parte de uno de los sistemas defensivos más importantes de la ciudad.

El recinto amurallado árabe comprendía la ciudad y la ciudadela, aunque su altura no debió de ser excesiva, o al menos buena parte de ella desapareció en distintas zonas a causa de las incursiones y arrasamientos sufridos durante los tiempos de Alfonso VI y Alfonso VIII. Aquellas defensas fueron dañadas en varias ocasiones, porque Úbeda se encontraba en una posición delicada, en una tierra de frontera entre reinos árabes y cristianos.

La documentación histórica sitúa este sector dentro del llamado segundo recinto amurallado de Úbeda. Según los estudios recogidos en los documentos consultados, cuando la población creció fuera del primer núcleo del Alcázar, surgió la necesidad de proteger el nuevo casco urbano. Ese segundo recinto partía de la Puerta de Bahud, en los actuales Miradores del Salvador, y continuaba por la Cuesta de Santa Lucía, Huerta del Carmen, Murallas de San Millán, Fuente Seca, Cruz de Hierro, calle Ventanas, Plaza de Santo Cristo, Rastro, Cava, Miradores de San Lorenzo, Puerta de Granada, Cotrina y Arroyo de Santa María, hasta enlazar de nuevo con la muralla del Alcázar por la antigua Puerta del Baño.

Este dato es fundamental, porque nos permite leer la ciudad actual como si fuera un libro abierto. Donde hoy vemos calles, casas, huertos, miradores y conventos, hubo en otro tiempo adarves, puertas, torres, lienzos de muralla y caminos de ronda. La muralla no era solamente una obra militar. Era también una forma de ordenar la ciudad. Marcaba quién estaba dentro y quién quedaba fuera. Controlaba los caminos. Cerraba la ciudad en tiempos de peligro. Defendía a sus vecinos. Y con el paso de los siglos terminó mezclándose con conventos, viviendas, corrales, huertas y callejones.

Las murallas fueron levantadas en el siglo IX por iniciativa del valí de Jaén, vinculado al gobierno de Muamel I, junto con otros elementos esenciales de la ciudad islámica, como la aljama y la Alcaza. La importancia de Úbeda en aquel tiempo se entiende precisamente por su situación: una ciudad fuerte, situada en un territorio donde la guerra era frecuente y donde cada puerta, cada torre y cada lienzo de muralla podían resultar decisivos.

Con el paso de los siglos, las defensas de Úbeda sufrieron numerosos daños. Entre 1147 y 1211, las luchas, conquistas y correrías por el control de la ciudad provocaron graves destrozos en sus murallas. La ciudad fue tomada, perdida y disputada en varias ocasiones, y esa inestabilidad dejó huella sobre sus defensas.

Más tarde, en 1214, los almohades repararon la muralla con una construcción más perfeccionada y rehecieron algunas de sus puertas, entre ellas la Puerta del Baño y la Puerta de Baúz, levantándolas sobre el tosco aparejo de la muralla primitiva. Aquella intervención muestra que el sistema defensivo seguía siendo esencial para la ciudad y que sus accesos continuaban teniendo un papel estratégico.

Hoy, al recorrer este sector de Úbeda, desde los Miradores del Salvador hacia la Cuesta de Santa Lucía, el Huerto del Carmen, San Millán, la Fuente Seca y la Puerta del Losal, no caminamos únicamente por calles antiguas. Caminamos sobre una frontera de piedra. Cada tramo conservado, cada paño restaurado y cada nombre antiguo nos recuerda que Úbeda fue mucho antes que una ciudad monumental del Renacimiento: fue una ciudad amurallada, defendida, disputada y viva.

La muralla de Úbeda no es solo un resto del pasado. Es la huella visible de una ciudad que aprendió a protegerse, a resistir y a crecer entre la historia y la frontera.

Los Miradores del Salvador y la antigua Puerta de Bahud o de Ibiut

Uno de los lugares donde mejor se intuye la grandeza de aquel sistema defensivo es el entorno de los Miradores del Salvador. Desde esta zona, el paisaje se abre hacia el valle y permite comprender por qué Úbeda fue una ciudad tan codiciada. La altura, la visibilidad y el dominio del territorio eran elementos fundamentales para una plaza fuerte.

El punto de arranque de este recorrido se sitúa en la zona de los Miradores del Salvador, un lugar donde la historia y la leyenda parecen encontrarse frente al paisaje abierto de la Loma. En este entorno aparece vinculada la antigua Puerta de Bahud, citada también en algunas fuentes como Puerta de Ibiut o Viut, uno de los accesos medievales que formaban parte del sistema defensivo de la ciudad.

Las puertas de la muralla no eran simples pasos abiertos en la piedra. Eran puntos estratégicos de vigilancia, tránsito y control. Por ellas entraban y salían vecinos, comerciantes, animales, mercancías y tropas. En tiempos de paz articulaban la vida cotidiana de la ciudad; en momentos de peligro, se convertían en algunos de los lugares más delicados y defendidos del recinto amurallado.

La revista Ibiut recoge referencias documentales que ayudan a fijar su emplazamiento en lo alto de la Cuesta de Santa Lucía, junto a las murallas del Salvador. Una escritura de 1762 menciona una casa que hacía esquina con la calle que bajaba desde el “Arco de la Puerta Viud”, y otra referencia de 1798 habla de una tierra situada “por bajo de la Puerta de Viut y murallas de los Miradores del Salvador”.





Esta puerta se relaciona también con la memoria de la mítica Torre de Ibiut, una construcción envuelta en tradición, leyenda y antiguas explicaciones sobre los orígenes de Úbeda. Más allá de lo legendario, lo importante es que la zona de los Miradores del Salvador fue uno de los puntos estratégicos del sistema defensivo. Desde allí la muralla iniciaba su descenso hacia Santa Lucía, buscando la conexión con los arrabales y con los caminos que salían hacia el este.

No es casual que este lugar tenga tanto peso simbólico. Los miradores actuales no son solo balcones paisajísticos: son una herencia urbana de la antigua ciudad fortificada. Desde allí se domina el territorio, se comprende la posición elevada de Úbeda sobre la Loma y se entiende por qué la ciudad fue considerada durante siglos una plaza fuerte.

La Cuesta de Santa Lucía: puerta, camino y memoria religiosa

Desde los Miradores, el trazado descendía por la Cuesta de Santa Lucía, uno de los espacios más importantes de este tramo. La documentación identifica este lugar con la Puerta de Santa Lucía o de Quesada, llamada así tanto por la antigua existencia de una hornacina dedicada a la santa como por marcar el camino hacia la localidad de Quesada. Además, esta puerta comunicaba con los arrabales de San Juan Bautista y San Millán.

La puerta tuvo una estructura de origen almohade. Se describe como un cubo con dos arcos de herradura, uno situado en la cara perpendicular a la muralla y otro interior, dentro de la propia línea defensiva. Esta disposición en recodo era característica de muchas puertas defensivas medievales, porque dificultaba el acceso directo al interior de la ciudad.




La propia historia de esta puerta resume muy bien el destino de muchas murallas españolas. Su valor defensivo desapareció con el tiempo, y en el siglo XIX, cuando las ciudades buscaban abrirse, ensanchar calles y eliminar obstáculos, muchas puertas fueron derribadas. En el caso de Santa Lucía, el documento más importante citado es el acta capitular de 14 de diciembre de 1865, que ordenó su demolición junto a otros arcos de la ciudad. Más tarde, el arco fue reconstruido en 1971, por orden de Rafael Vañó, diferenciando los arcos de ladrillo de los arranques y cimentación de piedra conservados.




La revista Ibiut aporta además una información de gran interés sobre la denominación de la calle. En 1777 todavía se documenta la expresión “cuesta de Santa Lucía”, en la parroquia de San Millán, lindando con la Huerta del Carmen. Esto permite situar la calle desde la Puerta de Quesada o Arco de Santa Lucía hasta la altura del huerto de los Carmelitas Descalzos. También se indica que el nombre procedía de una hornacina dedicada a Santa Lucía, abogada de la vista, cuya imagen pasó a San Millán tras demolerse el arco y su capillita.

El Huerto del Carmen y las murallas de los Carmelitas Descalzos

Uno de los puntos más interesantes de todo este recorrido es el Huerto del Carmen. En esta zona, la muralla dejó de ser solo una obra militar para convertirse en parte del paisaje conventual. Junto al arco de Santa Lucía corrían las llamadas murallas de los Carmelitas Descalzos. Las primeras referencias documentales citadas se remontan a 1656, cuando el prior carmelita fray Cristóbal comunicó al Concejo que una de las torres de la muralla, situada entre las dependencias conventuales y el huerto, se había venido abajo.




Este dato es precioso, porque nos habla de una muralla ya transformada. En la Edad Media había servido para defender. En la Edad Moderna, sin embargo, sus torres y lienzos formaban parte de conventos, huertos y dependencias religiosas. La piedra defensiva se convirtió en límite de propiedad, en pared de huerta, en medianera y en elemento urbano integrado en la vida diaria.

La muralla de los Carmelitas volvió a sufrir ruinas en 1803 y 1840, y en varias ocasiones se solicitó a la ciudad que se reconocieran las piedras derribadas y se procediera a la reedificación porque impedían el paso de los viandantes.


Fuentes documentales  nos hablan de un espacio muy singular: el callejón paralelo a la muralla que discurría desde el Arco de Santa Lucía hasta la Puerta del Losal. Ese callejón formaba parte de la antigua ronda de la cerca, es decir, del paso que permitía recorrer la muralla por dentro. Pero con el paso del tiempo perdió su función militar y quedó asociado al ámbito conventual. Como allí daba paso el cementerio de los carmelitas, en ocasiones fue conocido como Callejón de los Muertos o Callejón del Carmen.

Durante el siglo XVIII y buena parte del XIX fueron frecuentes los pleitos entre los frailes y el cabildo municipal por el mal estado del callejón. En 1833, el prior de la comunidad solicitó cerrar el llamado Callejón del Muerto, alegando que no era posible conservarlo aseado y que no resultaba útil al vecindario. Más tarde, en 1841, los vecinos del Callejón del Carmen se quejaban de que estaba sucio y era muy pestilente. También se pidió tapar ventanas y troneras porque se estaban produciendo hechos escandalosos y criminales en aquel espacio.

Esto demuestra que la muralla, una vez perdida su función defensiva, generó nuevos problemas urbanos. Los antiguos espacios militares se convirtieron en callejones oscuros, zonas residuales, rincones difíciles de mantener y lugares de conflicto vecinal. Es una imagen muy distinta a la monumental que tenemos hoy, pero muy real: la muralla no fue siempre un elemento admirado; durante siglos fue también estorbo, ruina, cantera improvisada, pared incómoda o espacio abandonado.

Las murallas de San Millán y el paso hacia Fuente Seca

Desde el Huerto del Carmen el trazado continuaba por las murallas de San Millán, una zona que enlazaba el antiguo recinto con el sector de Fuente Seca. Este tramo era clave porque conectaba el área de Santa Lucía con la Puerta del Losal y con los antiguos accesos hacia los arrabales.



La documentación señala que fuera del recinto quedaban zonas de arrabal como Particiones y Valencia, comunicadas con la ciudad intramuros por las puertas de Santa Lucía o Quesada y Losal o Sabiote. Esto nos ayuda a entender que este tramo no era secundario. Era una zona de paso. Por aquí circulaban vecinos, mercancías, animales, religiosos, trabajadores y gentes que entraban y salían de la ciudad.

En época medieval, estos accesos debieron tener una enorme importancia estratégica. En tiempos de guerra o epidemia, las puertas podían cerrarse, vigilarse o reforzarse. En tiempos de paz, eran puntos de comunicación, tránsito y comercio. Las murallas no aislaban completamente la ciudad: la regulaban.

Fuente Seca: un tramo olvidado pero fundamental

El tramo de Fuente Seca es uno de los más importantes y, al mismo tiempo, uno de los menos recordados por el gran público. Los documentos  lo menciona como la muralla que conectaba la Puerta del Losal con el Arco de las Descalzas. Aunque las referencias son menos abundantes, las que se conservan son muy reveladoras.



En 1854, las religiosas carmelitas se quejaron al Consistorio porque un vecino, José Rubio Martínez, había abierto una ventana en la muralla contigua al convento. Ante la situación, se pidió a las religiosas que presentaran los títulos de propiedad. Al examinarlos, se comprobó que en 1608, cuando se construyó el edificio, la ciudad les había concedido la muralla desde el arco inmediato al templo hasta la terminación de la huerta, con obligación de pagar un canon anual.

Este detalle es muy importante: parte de la muralla fue concedida a comunidades religiosas y quedó incorporada a conventos y huertas. Ya no se trataba solo de una estructura pública defensiva, sino de un elemento que pasaba a formar parte de propiedades religiosas, con usos concretos y derechos documentados.

En 1627, la priora y la comunidad solicitaron además la concesión de la callejuela de Linares, que comenzaba en el arco referido y terminaba en la Cuesta del Losal. Esta callejuela estaba situada entre la muralla que ya poseían y el convento.

La revista Gavellar aporta otra lectura muy interesante sobre este lugar. Según Ruiz Prieto, la calle de Linares comenzaba en el Arco de la Coronada, en la plaza de Santa Teresa o de las Descalzas, y terminaba en la Puerta del Losar, bordeando por dentro la muralla de Fuente Seca. Se trataría, por tanto, de un viejo callejón de ronda que permitía el acceso a los adarves. 

Esto nos permite imaginar la Fuente Seca no solo como una calle o un rincón urbano, sino como una pieza esencial del sistema defensivo. Por allí discurría la ronda interior, el paso que permitía vigilar y mantener la muralla. Con el tiempo, esa ronda fue perdiendo su función, se ocupó, se cerró, se integró en conventos o viviendas y terminó desapareciendo parcialmente bajo la ciudad moderna.

Los pedreros y el deterioro de la muralla

Uno de los episodios más curiosos y reveladores del tramo de Fuente Seca es el ataque de los llamados pedreros. La documentación recogida en Gavellar cuenta que sobre la Fuente Seca algunos aprovechados hicieron cantera, excavando hasta llegar a la muralla de las Carmelitas. Es decir, se extraían piedras de los mismos muros de Úbeda sin apenas vigilancia. En el cabildo de 14 de julio de 1801 se advertía que junto al convento de las Descalzas, cerca del cimiento de la muralla, se habían sacado piedras grandes capaces de ocasionar una ruina si no se remediaba con rapidez.

Este episodio nos habla de una realidad muy habitual en muchas ciudades históricas: cuando las murallas dejaron de ser necesarias para la defensa, muchos vecinos las vieron como una fuente de materiales. Sus piedras servían para construir casas, tapias, corrales o reparaciones. Lo que hoy consideramos patrimonio, durante mucho tiempo fue visto como material disponible.

En 1865 se vendieron terrenos delante de las murallas de las Descalzas y se construyó desde el Arco de la Coronada hasta el pilar de la Fuente Seca. En 1870, Francisco Benito pidió edificar junto a la muralla de Fuente Seca, y se le autorizó incluso a apoyar su obra en el lienzo de muralla, con la condición de conservar en buen estado el minado de la Fuente Seca.

Este proceso explica por qué algunos tramos de muralla aparecen hoy incrustados entre casas, patios, tejados y muros modernos. No desaparecieron de golpe: fueron absorbidos lentamente por la ciudad.

La Puerta del Losal o de Sabiote: la gran superviviente

El recorrido alcanza uno de sus puntos más monumentales en la Puerta del Losal, también conocida como Puerta de Sabiote. Es, sin duda, una de las puertas más bellas conservadas de Úbeda. La documentación la describe como una puerta de estilo mudéjar, formada por un doble arco de herradura apuntado, sostenido por columnas octogonales y enmarcado por alfiz. La precede un arco de medio punto de mayor tamaño que conecta la muralla con el torreón. En su interior se conserva una viga de madera con los quicios para encajar los ejes de una puerta de doble hoja.


El nombre de la puerta presenta varias interpretaciones. En documentos del siglo XVII aparece citada como “rosal”, aunque Ginés Torres Navarrete relaciona el nombre con la familia de Pedro Losal, que habría habitado en esta calle desde comienzos del siglo XVI. También se la conoce como Puerta de Sabiote, porque marcaba el camino hacia esta cercana localidad jiennense.

Junto a ella se encuentra la capillita de la Virgen de la Soledad, construida en 1670 según la documentación. Este detalle es muy significativo. La puerta, nacida como elemento defensivo, acabó incorporando también una dimensión religiosa y devocional. Como ocurre tantas veces en Úbeda, la piedra militar se fue llenando de vida popular.


La Puerta del Losal también sufrió los problemas del paso del tiempo. En 1905, el Ayuntamiento trató su estado de ruina. El acta capitular señalaba la enorme importancia del arco, no solo artística, sino también como monumento histórico, hasta el punto de considerarlo quizá el único conservado en la población del tiempo de los árabes. Se acordó entonces proceder a su reparación.

Hoy, libre de muchas de las edificaciones que la aprisionaron en el pasado, la Puerta del Losal se muestra como uno de los grandes monumentos medievales de Úbeda. Su presencia impone. No es una simple puerta: es una entrada a otra ciudad, a la Úbeda anterior al Renacimiento, a la ciudad que fue frontera y fortaleza.

La Cuesta del Losal, la Cuesta de la Merced y el camino de Sabiote

La zona del Losal fue además un espacio de tránsito. Por aquí salía el camino hacia Sabiote y se comunicaban sectores extramuros con la ciudad interior. La documentación indica que las zonas de Particiones y Valencia, situadas fuera del recinto, se comunicaban fácilmente con Úbeda por las puertas de Santa Lucía o Quesada y del Losal o Sabiote.

La cuesta conserva todavía esa sensación de paso antiguo. Uno no la atraviesa igual que una calle cualquiera. La piedra, el desnivel, el arco, la profundidad del vano y la cercanía de los lienzos defensivos hacen que el lugar conserve una atmósfera medieval muy intensa.


La puerta controlaba el acceso, pero también servía de referencia urbana. A partir de ella se organizaban calles, rondas, viviendas, conventos y caminos. En torno al Losal se cruzaban la defensa, la vida diaria, la devoción, el comercio y la memoria.

Una muralla transformada por el tiempo

El tramo que va desde los Miradores del Salvador hasta Fuente Seca y la Puerta del Losal muestra perfectamente la evolución histórica de las murallas de Úbeda.

Primero fueron defensa. Después fueron límite urbano. Más tarde se convirtieron en paredes de conventos, huertas y viviendas. En algunos puntos fueron derribadas. En otros, reconstruidas. En otros, simplemente quedaron ocultas entre casas. También fueron cantera, callejón, problema de salubridad, propiedad discutida, motivo de pleitos y finalmente patrimonio.


Ese proceso no debe verse solo como pérdida. También es la historia de cómo una ciudad se adapta. Úbeda no se congeló en la Edad Media. Creció, cambió, se abrió, se llenó de conventos, palacios, casas, calles y plazas. Pero bajo todo ese crecimiento siguió latiendo la estructura antigua.



Pocas zonas explican tan bien esta superposición como el entorno del Huerto del Carmen y Fuente Seca. Allí conviven la muralla medieval, la memoria carmelitana, los restos de torres, los callejones de ronda, las casas modernas y la presencia de San Miguel. Es un paisaje histórico complejo, pero precisamente por eso resulta tan valioso.

Cuando pensamos en Úbeda, solemos pensar en el Renacimiento: en la Plaza Vázquez de Molina, en El Salvador, en el Palacio de las Cadenas, en Vandelvira, en los Cobos y en la piedra dorada de sus palacios. Pero antes de esa Úbeda esplendorosa existió otra: la Úbeda amurallada.

Esa ciudad anterior está todavía presente en los Miradores del Salvador, en la Cuesta de Santa Lucía, en el Huerto del Carmen, en Fuente Seca y en la Puerta del Losal. Está en los muros cubiertos de vegetación, en las torres que sobreviven entre casas, en los arcos reconstruidos, en los lienzos que asoman sobre tejados y en los nombres antiguos que aún conservan las calles.

Las murallas de Úbeda son mucho más que restos de piedra. Son el esqueleto de la ciudad. Son la memoria de una Úbeda defensiva, fronteriza, conventual, popular y viva. Cada tramo conserva una historia distinta, pero todos juntos forman un relato común: el de una ciudad que supo protegerse, crecer, transformarse y sobrevivir.

Y quizá por eso, al caminar junto a estas murallas, uno siente que no está viendo ruinas. Está viendo la raíz profunda de Úbeda.


Fuentes usadas:

  • HISTORIA DE ÚBEDA, de Miguel Ruiz Prieto — contexto general sobre la Úbeda fortificada y el trazado de murallas.
  • Revista Ibiut — apoyo para referencias locales, historiografía y tradición urbana sobre las murallas.


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