La Capilla de las Calaveras de Úbeda: el testamento de piedra del Camarero Vago

 

La capilla del Camarero Vago hacia 1910.

Hay lugares que no se limitan a ser contemplados: exigen ser leídos. En un lateral de la iglesia de San Pablo de Úbeda, una portada cubierta de inscripciones, calaveras, almas entre llamas y emblemas conduce a una pequeña estancia cerrada por una extraordinaria reja. Es la capilla del Camarero Vago, conocida popularmente como capilla de las Calaveras.

Su aspecto puede parecer sombrío al visitante apresurado. Sin embargo, las calaveras no fueron talladas para recrearse en lo macabro. Forman parte de un discurso mucho más amplio sobre la muerte, la salvación, el oficio del buen servidor y la esperanza de resurrección. Piedra, hierro, pintura y escultura componían aquí una auténtica declaración de fe. Buena parte de aquel conjunto se ha perdido, pero los documentos, las fotografías antiguas y los restos conservados permiten reconstruir su historia con bastante precisión.

El hombre detrás del sobrenombre

El fundador fue Francisco de Vago, cuyo apellido aparece también escrito como Bago en algunas fuentes. Era presbítero, beneficiado de San Pablo y antiguo camarero de don Alonso Suárez de la Fuente del Sauce, obispo de Jaén. La palabra camarero no tenía entonces el sentido doméstico que hoy solemos darle: designaba un puesto de confianza dentro de la casa del prelado, relacionado con la atención personal y la administración de su entorno inmediato.

El sobrenombre, por tanto, no alude a un servidor perezoso. Vago era el apellido de quien había servido al obispo y quiso que ese vínculo quedara inscrito para siempre. De ahí que en la capilla aparezcan las armas de Alonso Suárez. Joaquín Montes Bardo recuerda además que Francisco de Vago no tuvo condición de hidalgo; su identidad pública se apoyaba menos en un linaje nobiliario propio que en su condición sacerdotal, su beneficio eclesiástico y la fidelidad al señor al que había servido (Montes Bardo, 1997, pp. 142-143).

Esa idea se concentra en la divisa FI-SE, repetida tanto en la capilla como en la casa vinculada a Francisco de Vago, conocida como Casa de los Salvajes. Montes Bardo propone leerla como abreviatura de Fidelis servus, «siervo fiel», en relación con el pasaje evangélico del servidor prudente que permanece vigilante hasta la llegada de su señor (Mt 24, 45). Es una interpretación iconográfica muy convincente, aunque conviene presentarla como tal: la documentación conocida no desarrolla literalmente las dos sílabas.

1536: una fecha segura y una autoría discutida

La propia portada conserva el dato fundamental. Con ortografía modernizada, su inscripción fundacional dice: «Esta capilla mandó hacer el venerable Francisco de Vago, beneficiado de esta iglesia, criado y camarero que fue del ilustrísimo y muy magnífico señor Alonso de la Fuente del Sauce, obispo de Jaén; acabóse en el año MDXXXVI».

Por eso 1536 debe considerarse la fecha cierta de conclusión arquitectónica, aunque parte de la bibliografía local antigua señalara 1535. Ante la discrepancia, la inscripción conservada en la obra tiene prioridad como fuente primaria.

Más difícil es responder a la pregunta de quién trazó la capilla. La tradición historiográfica la ha relacionado con Andrés de Vandelvira, atribución plausible por el ambiente artístico de Úbeda, por ciertos rasgos formales y por la relación personal entre el arquitecto y el fundador: Francisco de Vago fue padrino de Alonso, uno de los hijos de Vandelvira. Pero no se ha localizado un contrato de obra que permita afirmar sin reservas que la arquitectura sea suya.

José Domínguez Cubero considera posible una orientación vandelviriana, al tiempo que relaciona la ejecución de la portada con el trabajo de canteros locales como Diego de Alcaraz y Alonso Ruiz (Domínguez Cubero, 2019, pp. 339-341). La formulación más rigurosa es, por tanto, hablar de una obra tradicionalmente atribuida o vinculada a Vandelvira, no de una autoría documentalmente demostrada.

La arquitectura misma refleja un momento de transición. La portada mantiene una organización y una sensibilidad todavía cercanas al gótico final, mientras que su ornamentación menuda, sus medallones, candelieri y repertorios «a lo romano» anuncian ya el lenguaje del Renacimiento. En el interior, la pequeña capilla de tipo cajón se cubre con una bóveda de tracería que llegó a estar enteramente integrada en un programa pictórico renacentista.


Estado actual de la capilla. Fotografía: Benjamin Smith

Una portada que habla de la muerte para afirmar la vida

La fachada interior funciona como un retablo de piedra. En la parte alta, una cruz se alza sobre una acumulación de calaveras. Debajo aparecen grupos de almas entre llamas, una representación del Purgatorio que explica el nombre popular de la capilla. En los laterales se abrían cuatro nichos ocupados por los doctores de la Iglesia latina: san Jerónimo, san Agustín, san Ambrosio y san Gregorio. La fotografía de hacia 1910 los muestra todavía en su lugar; la imagen actual permite comprobar su ausencia.

Las inscripciones convierten la portada en una lección religiosa. Una recuerda el mandamiento principal —amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo—; otra proclama «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo», a partir de la carta de san Pablo a los Efesios; una tercera formula la profesión de fe trinitaria. Junto a ellas aparece una reflexión en castellano sobre la inestabilidad de la fortuna: «Quien vive menos contento / tiene fortuna segura, / pues el tiempo y la ventura / viven con el mudamiento».

El mensaje no es uniforme ni simple. Combina el temor al juicio, la fugacidad de las cosas terrenas y la confianza en la resurrección. Montes Bardo ha interpretado las almas del Purgatorio como una afirmación católica especialmente significativa en la década de 1530, cuando esa doctrina formaba parte de las controversias religiosas del momento (Montes Bardo, 1997, pp. 143-145). Se trata de una lectura histórica razonada: la imagen está en la piedra; su relación precisa con los debates contemporáneos pertenece al terreno de la interpretación.

También el sepulcro del fundador participaba en ese discurso. Entre su epigrafía figuraba el comienzo del responso Libera me, Domine, de morte aeterna —«Líbrame, Señor, de la muerte eterna»—. Las figuras que lo sostienen han sido interpretadas como atlantes o personificaciones de carácter cosmológico, mientras que la imagen infantil situada entre ellas representaría el alma del difunto. La decoración no celebraba la muerte por sí misma: proponía un itinerario desde la caducidad del cuerpo hasta la salvación.

La reja: hierro convertido en teología

La reja no es un mero cerramiento. Ordena el acceso, separa el ámbito funerario del resto de la iglesia y, al mismo tiempo, deja pasar la mirada. Sus balaustres, grutescos, medallones y figuras forman una segunda fachada, ahora hecha de hierro.

En ella aparecen san Pedro y san Pablo, la divisa del fundador y varios ángeles. En el remate, dos grandes ángeles de gesto melancólico flanquean a una figura central. De sus bocas salen unos instrumentos difíciles de clasificar que José Miguel Gámez Salas interpreta prudentemente como posibles trompetas curvas (Gámez Salas, 2018, pp. 505-506 y lám. 19).

La autoría de esta pieza ha generado una importante discrepancia. Parte de la historiografía local la atribuyó al rejero ubetense Juan Álvarez de Molina. Sin embargo, los estudios especializados de José Domínguez Cubero la sitúan en el taller jiennense del maestro Bartolomé de Salamanca o de Jaén y la fechan en 1541. Montes Bardo y Gámez Salas siguen igualmente esta atribución. A falta de exhibir aquí el contrato original, debe reconocerse la existencia del debate; por su apoyo en una investigación monográfica sobre la rejería giennense, la atribución al maestro Bartolomé es hoy la propuesta mejor fundamentada.

Detalle del remate de la reja:Reproducción en José Miguel Gámez Salas.

El interior que Julio Aquiles llenó de color

Si pudiéramos entrar en la capilla a mediados del siglo XVI, el efecto sería muy distinto del actual. El 6 de noviembre de 1545, nueve años después de la conclusión arquitectónica, se formalizaron las condiciones para que Julio de Aquiles pintara y dorara el interior y el retablo. Esta vez no estamos ante una atribución estilística, sino ante una noticia documental conservada en el Archivo Histórico Municipal de Úbeda y estudiada por Vicente Miguel Ruiz Fuentes.

El contrato describe un programa sorprendentemente rico para un espacio tan pequeño. Sobre el sepulcro debía pintarse la Resurrección; en torno a la ventana aparecerían el anuncio del nacimiento de Cristo a los pastores, el Prendimiento y la Oración en el Huerto. El retablo y el altar se dorarían y estofarían; dos profetas coronarían el conjunto. Los paños libres de la bóveda se llenarían de pintura, dorados y grutescos, mientras que el arco interior imitaría jaspes y mármoles.

Bóveda de tracería y restos de policromía de la capilla. Fotografía reproducida por Nuria Martínez Jiménez, 2021, fig. 5.

La técnica también quedó fijada: había que picar el yeso anterior y preparar un enlucido de cal y arena. Nuria Martínez Jiménez ha subrayado la calidad buscada y la posible relación de estos acabados con los estucos coloreados y las imitaciones marmóreas practicadas en los ambientes de la Alhambra. Su investigación incorpora además la colaboración del pintor Antonio Sánchez Ceria en el taller de Aquiles (Martínez Jiménez, 2021, pp. 195-198).

De aquel despliegue queda muy poco. Se conservan restos de dorado, vestigios de color y un fragmento figurativo que Ruiz Fuentes describió con cautela como una figura aparentemente masculina, recostada y con un brazo extendido. Sin una escena completa, no es prudente asignarle una identidad bíblica concreta. Su valor reside precisamente en ser uno de los escasos testigos materiales de una decoración documentada.

Fragmento conservado de la decoración mural contratada a Julio de Aquiles en 1545. Reproducido Vicente Miguel Ruiz Fuentes

El retablo que desapareció en 1936

El testero estuvo presidido por un retablo plateresco que hoy conocemos gracias a fotografías antiguas y descripciones especializadas. Su arquitectura utilizaba columnas abalaustradas y distribuía imágenes, tablas y relieves en varios compartimentos. En la predela destacaba un Santo Entierro de Cristo.

La documentación de 1545 prueba que Julio de Aquiles debía dorar y pintar el mueble, pero eso no demuestra que fuese su escultor o tracista. La arquitectura y la talla se han relacionado con Juan de Reolid y, en algunos estudios, con su colaborador o discípulo Luis de Aguilar. José Domínguez Cubero mantiene expresamente la interrogación junto al nombre de Reolid; para el relieve del Santo Entierro llega a considerar también la posible intervención de Sancho del Cerro. La fotografía permite reconocer el conjunto, pero no cerrar una autoría sobre la que faltan las condiciones originales de ensamblaje y talla.

Vista parcial del antiguo retablo de la capilla, perdido en 1936. Fotografía histórica reproducida en la bibliografía especializada; autoría original no identificada.

El retablo se perdió en 1936, durante el saqueo que sufrió San Pablo en la Guerra Civil (Domínguez Cubero, 2019, pp. 367-368; Almansa Moreno, 2011, pp. 319-320). No todas las pérdidas visibles pueden fecharse automáticamente en ese episodio: la desaparición de las cuatro esculturas de la portada, por ejemplo, se comprueba al comparar las imágenes antiguas y actuales, pero la documentación consultada no precisa aquí cuándo ni en qué circunstancias salió cada una.

Después de la contienda, el templo siguió padeciendo problemas de conservación. San Pablo cerró en 1951 para una restauración en profundidad y volvió a abrirse al culto el 23 de noviembre de 1959. Esa larga historia de destrucción, traslados y recomposición explica por qué el conjunto que hoy contemplamos es solo una parte de su antigua riqueza.

El Santo Entierro que sobrevivió en Baeza

Una pieza del retablo sí parece haber sobrevivido: el relieve del Santo Entierro. María Soledad Lázaro Damas lo identificó en la iglesia de San Pablo de Baeza como procedente del banco del retablo ubetense y propuso que habría llegado allí después de la guerra (Lázaro Damas, 1994, pp. 101-103). La bibliografía posterior mantiene esa identificación y lo localiza en la sacristía del templo baezano.

Conviene distinguir dos afirmaciones. La procedencia ubetense del relieve cuenta con un sólido análisis histórico y estilístico; en cambio, el itinerario administrativo exacto de su traslado y la supuesta confusión que habría impedido su devolución no han quedado acreditados en las fuentes primarias consultadas para este artículo. Lo seguro es que la obra permite mirar de frente a uno de los fragmentos principales del retablo desaparecido.

Relieve del Santo Entierro procedente del retablo de la capilla del Camarero Vago, localizado por la bibliografía en San Pablo de Baeza. Atribución discutida: Juan de Reolid?, hacia 1540. Fotografía: José Domínguez Cubero

Una memoria sostenida por bienes, misas y documentos

Francisco de Vago murió en 1561 y recibió sepultura en su capilla. Su testamento cerrado, otorgado el 10 de junio de 1561 y abierto el 1 de julio, no se limitó a ordenar el entierro. Fundó una capellanía y la dotó con bienes que debían sostener el culto y la memoria del fundador: unas casas en la calle de las Herreras y una heredad en la Asperilla con cuatrocientas olivas, doce mil vides, huerta y tierra de labor. Aquella finca sería conocida como la Casería del Camarero (Torres Navarrete, Historia de Úbeda en sus documentos, t. IV, pp. 176-177).

La capilla era, por tanto, mucho más que un monumento privado. Constituía una institución de memoria. Las rentas pagaban misas y sufragios; el patronato aseguraba la continuidad; la imagen, la epigrafía y la liturgia mantenían vivo el nombre de Francisco de Vago. La piedra prometía permanencia, pero eran los documentos y los bienes vinculados los que debían hacerla efectiva generación tras generación.

Fuentes documentales y bibliografía

  1. Archivo Histórico Municipal de Úbeda —citado como A.H.U. en los estudios utilizados—, Fondo Municipal, Sección de Varios, legajo 6, documento 16: Condiciones de cómo se ha de dorar y pintar la capilla y retablo del señor camarero, 6 de noviembre de 1545. Referencia y transcripción estudiadas por Vicente Miguel Ruiz Fuentes. Catálogo del Archivo.
  2. Archivo Histórico Municipal de Úbeda, Testamento de don Francisco de Vago, 10 de junio de 1561, legajo 1160, folio 506. Referencia archivística citada por Joaquín Montes Bardo.
  3. Almansa Moreno, José Manuel (2011): Urbanismo y arquitectura en Úbeda (1808-1931). Úbeda: Asociación Cultural Ubetense Alfredo Cazabán Laguna, especialmente pp. 316-320. Texto completo.
  4. Amate Deblas, Francisco Jesús (1998): La capilla del Camarero Vago de Úbeda: arte e historia de una fundación. Córdoba: Publicaciones Obra Social y Cultural CajaSur. Ficha bibliográfica.
  5. Domínguez Cubero, José (2019): «El mobiliario en Andrés de Vandelvira», Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, n.º 219, pp. 335-378, especialmente pp. 339-341 y 367-368. Ficha y texto completo.
  6. Gámez Salas, José Miguel (2018): «La iconografía musical en la Úbeda eclesiástica», Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, n.º 218, pp. 493-526, especialmente pp. 505-506 y lám. 19. Ficha y texto completo.
  7. Lázaro Damas, María Soledad (1994): «El sepulcro de doña Marina de Torres de Lopera (Jaén): estudio iconográfico y vinculaciones artísticas», Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, n.º 154, pp. 71-117, especialmente pp. 101-103. Ficha y texto completo.
  8. Lorite Cruz, Pablo Jesús (2008): «La heráldica de don Alonso Suárez de la Fuente del Sauce, obispo de Jaén», Trastámara, revista de Ciencias Auxiliares de la Historia, n.º 1, pp. 21-36. Ficha y texto completo.
  9. Martínez Jiménez, Nuria (2021): «La bottega de Aquiles y Mayner y la difusión de la pintura mural del Cinquecento en la segunda mitad del siglo XVI», Cuadernos de Arte de la Universidad de Granada, n.º 52, pp. 187-204. DOI: 10.30827/caug.v52i0.22909.
  10. Montes Bardo, Joaquín (1997): «Alegoría y mitología en Úbeda y Baeza durante el Renacimiento», Laboratorio de Arte, n.º 10, pp. 139-164, especialmente pp. 142-145. Ficha y texto completo.
  11. Ruiz Fuentes, Vicente Miguel (1992): «El pintor Julio de Aquilis: aportes documentales a su vida y obra», Cuadernos de Arte de la Universidad de Granada, n.º XXIII, pp. 83-96, especialmente pp. 85 y 91. Texto completo.
  12. Torres Navarrete, Ginés de la Jara: Historia de Úbeda en sus documentos, tomo IV, pp. 176-177. Sus atribuciones tradicionales a Vandelvira y Juan Álvarez de Molina se han contrastado con la bibliografía especializada posterior. Consulta digital.


Cubierta de la monografía de Francisco Jesús Amate Deblas, La capilla del Camarero Vago de Úbeda: arte e historia de una fundación, CajaSur, 1998. Fotografía del ejemplar facilitada para este artículo.

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