La muralla que se asoma al valle: de San Lorenzo a la Redonda de Miradores. Recorriendo la Muralla parte III


Retomamos con la tercera y última parte de la historia de las murallas de Úbeda. Después de recorrer en los artículos anteriores los sectores septentrionales y occidentales del antiguo cinturón defensivo, llegamos ahora a uno de sus tramos más complejos, evocadores y profundamente transformados: el que partía del entorno de San Lorenzo, descendía hacia la Puerta de Granada, continuaba por la actual calle Cotrina y la desaparecida Puerta del Baño, y terminaba enlazando con las fortificaciones del Alcázar en la Redonda de Miradores.

No estamos ante una simple sucesión de muros y torreones. Este frente meridional fue, durante siglos, una verdadera fachada defensiva de la ciudad sobre el valle del Guadalquivir. La acusada pendiente de la Loma, las huertas extendidas bajo la población, los caminos procedentes del sur y la presencia de barrancos y cursos de agua convertían este sector en un espacio militarmente protegido, pero también en una zona de intensa actividad agrícola, artesanal y cotidiana.

Para seguir hoy el antiguo trazado debemos caminar desde la plaza de San Lorenzo, descender hacia la plaza de las Tenerías y la Puerta de Granada, continuar por la actual calle Cotrina —denominada Mancebía en algunos documentos antiguos—, buscar después la desaparecida Puerta del Baño en las inmediaciones de la calle Molinos y el antiguo Arroyo de Santa María, y alcanzar finalmente la Saludeja y la Redonda de Miradores, donde la cerca urbana enlazaba con el formidable recinto del Alcázar.

Lo que actualmente percibimos como calles, plazas, jardines y balcones paisajísticos fue durante siglos un conjunto formado por murallas, adarves, puertas, barbacanas, rondas de vigilancia, huertas, molinos, tenerías, pilares y caminos extramuros. Reconstruirlo exige mirar más allá de las piedras conservadas y devolver al lugar la complejidad que tuvo en el pasado.


San Lorenzo: una iglesia levantada al amparo de la muralla

Nuestro recorrido comienza en el barrio de San Lorenzo, uno de los espacios urbanos que mejor conserva la atmósfera de la Úbeda histórica. La antigua iglesia parroquial no se levantó simplemente junto a la cerca medieval: su construcción quedó estrechamente vinculada al propio sistema defensivo. El muro meridional del templo y las estructuras de su entorno se apoyaban o relacionaban directamente con el lienzo de muralla que protegía este borde de la ciudad.



La ubicación tenía una lógica evidente. Desde este punto se dominaba la ladera, las huertas situadas bajo la Loma y los caminos que ascendían desde el valle. La acusada pendiente ofrecía una primera defensa natural, reforzada por los muros, torres y adarves que recorrían la cornisa meridional. La iglesia, la muralla y el caserío llegaron así a formar una unidad casi inseparable.

La documentación municipal permite comprobar que este tramo necesitó reparaciones desde fechas relativamente tempranas. El 22 de junio de 1616, el Ayuntamiento acordó que los caballeros comisarios de obras reconocieran y repararan la llamada “muralla del Mirador y adarves”, referencia que parece corresponder al sector de San Lorenzo. La expresión confirma que ya entonces el muro no era únicamente una defensa: era también un lugar elevado desde el que se contemplaba el territorio.

Más preocupante fue la situación denunciada en 1733. El prior de San Lorenzo, Francisco Ildefonso de Lomas, comunicó al Concejo que una esquina de la muralla, situada junto a la sacristía y próxima a un huerto de Martín de Zambrana, se había quebrado. El muro descansaba peligrosamente sobre una piedra y amenazaba con provocar la ruina de la sacristía y la capilla mayor. El Ayuntamiento ordenó que los alamines reconocieran el lugar y declarasen las reparaciones necesarias.

El episodio permite comprender hasta qué punto la pérdida de función militar no significó que la muralla dejara de ser necesaria. Sus piedras sostenían terrenos, protegían edificios, contenían desniveles y servían como apoyo a construcciones posteriores. Cuando un lienzo se abría o una esquina cedía, el peligro se extendía inmediatamente a las viviendas, huertos y edificios religiosos adosados.

Iglesia de San Lorenzo, cuyo emplazamiento estuvo estrechamente vinculado al recinto amurallado. 

San Lorenzo fue, además, una collación poblada y vinculada a las gentes que trabajaban las huertas de la vertiente meridional. El crecimiento demográfico experimentado por esta zona entre los siglos XV y XVI debió aumentar la presión sobre las puertas, caminos y terrenos inmediatos a la muralla. En consecuencia, el recinto defensivo no puede entenderse únicamente como una obra militar: constituía también el límite físico de un barrio vivo, en permanente relación con el campo situado al otro lado.



El desaparecido Arco de San Lorenzo

Junto a la iglesia se encontraba el Arco o Puerta de San Lorenzo, también conocido antiguamente como Puerta de San Llorente. Se situaba aproximadamente en la parte alta de la pronunciada cuesta que asciende desde la actual plaza de las Tenerías y la Puerta de Granada hasta la iglesia.


RECONSTRUCCIÓN DIGITAL DE LO QUE PUDO SER EL  ARCO DE SAN LORENZO

Durante mucho tiempo se consideró que podía tratarse de un acceso tardío o secundario. Sin embargo, la documentación demuestra su origen medieval. La referencia más antigua conocida aparece en una escritura fechada el 3 de mayo de 1354, por la que Juan Fernández y Teresa Gil vendían un terreno situado en los huertos de Manchuelo, cerca de la Puerta de San Llorente. Esto convierte al arco en uno de los accesos más antiguos documentalmente identificados del recinto ubetense.

Nuevas noticias confirman su continuidad durante los siglos siguientes. En 1489, el testamento de Fernán Mexía mencionaba una huerta situada debajo de la puerta; los libros de Propios de comienzos del siglo XVI recogían el pago de un censo por un corral inmediato al acceso; y otros protocolos localizaban terrenos, huertas y propiedades junto a él. El Arco de San Lorenzo no era, por tanto, una puerta aislada, sino el elemento que organizaba un pequeño paisaje formado por cultivos, corrales, caminos y propiedades pertenecientes a distintas instituciones religiosas y familias ubetenses.

A juzgar por las escasas referencias a movimientos militares o grandes cargamentos, parece que no tuvo la importancia comercial de la Puerta de Toledo ni la relevancia viaria de la Puerta de Granada. Su función debió estar más ligada a los hortelanos, campesinos y habitantes de San Juan Evangelista o San Juan de los Huertos, que la utilizaban para acceder a las tierras cultivadas de la ladera.

Eso no significa que careciera de control. Como cualquier paso abierto en la muralla, permitía vigilar entradas y salidas, registrar determinadas mercancías y, cuando correspondía, cobrar derechos municipales. Por su arco debieron pasar animales de carga, haces de leña, verduras, frutas, cueros, herramientas y productos procedentes de las huertas próximas.

En 1583, el Concejo ordenó cerrar el postigo de San Lorenzo. Esta medida formaba parte de una reorganización más amplia de los accesos meridionales, pues también se dispuso cerrar el paso de la antigua Mancebía —actual calle Cotrina— y concentrar la vigilancia en la Puerta de Granada. La orden demuestra que las puertas podían abrirse, clausurarse o trasladar sus guardias dependiendo de las necesidades fiscales, sanitarias o defensivas del momento.


Las puertas como barrera sanitaria: la epidemia de 1834

Uno de los episodios que mejor muestra la utilidad tardía de las murallas se produjo durante el temor a la epidemia procedente de Málaga en 1833 y 1834. Aunque la cerca había perdido su importancia frente a la artillería y la guerra moderna, sus accesos seguían permitiendo controlar el movimiento de personas.

El 12 de enero de 1834, el Ayuntamiento acordó tapiar la denominada primera Puerta de Granada, abrir la de San Lorenzo y formar una barrera en la embocadura que se dirigía hacia la Puerta del Baño. Además, se habilitaron espacios para alojar a las tropas o guardias encargados de custodiar a las personas destinadas a aquel punto.

La medida no pretendía cerrar completamente la ciudad, sino reorganizar el tránsito para poder vigilarlo. La apertura de San Lorenzo permitía mantener la comunicación con las huertas y con los trabajadores del sector, mientras la clausura de otros pasos reducía las posibilidades de entrada incontrolada.

Este episodio demuestra que la muralla continuó desempeñando funciones mucho después de haber perdido su valor estrictamente militar. En momentos de contagio, crisis o inseguridad, las puertas volvían a convertirse en instrumentos de control territorial.


La lenta desaparición del Arco de San Lorenzo

En 1855, el Ayuntamiento ordenó formar expediente para la demolición de los arcos de San Francisco, San Lorenzo y la Puerta de Granada, considerados ruinosos y peligrosos. Sin embargo, la decisión no se ejecutó inmediatamente en todos los casos.


Al año siguiente, en 1856, se acordó empedrar el camino comprendido entre la Puerta de Granada y el Arco de San Lorenzo. Difícilmente se habría utilizado el arco como límite de una obra pública si hubiese desaparecido ya. Todavía en 1870, Luis Esteban solicitó terreno para edificar en un espacio que lindaba al este y al norte con el Arco de San Lorenzo. La referencia demuestra que seguía en pie, o que al menos su estructura era todavía perfectamente reconocible.

A partir de esa fecha se pierde su rastro documental. Es posible que terminara derrumbándose por abandono o que fuera desmontado durante alguna actuación urbana que no quedó claramente registrada. Lo prudente es situar su desaparición después de 1870, sin afirmar un año exacto.

Con él desapareció uno de los elementos que ayudaban a comprender la topografía histórica del barrio. El arco marcaba el paso entre el interior urbano y las huertas; explicaba la relación entre San Lorenzo, la Puerta de Granada y el camino de los agricultores; y daba sentido a la antigua cuesta como vía de comunicación entre dos niveles de la ciudad.


La ronda de San Lorenzo: del camino de vigilancia al callejón abandonado

Junto al lienzo defensivo discurría la denominada ronda de San Lorenzo, un callejón que seguía la muralla desde el sector del Arco de San Francisco, al final de la Cava, hasta los adarves y miradores de San Lorenzo.

En origen, las rondas permitían el desplazamiento de guardias, el acceso a las torres y la vigilancia del perímetro. Sin embargo, una vez perdida la función defensiva, estos corredores quedaron progresivamente abandonados. Algunos se convirtieron en pasos secundarios; otros fueron ocupados por huertos, corrales o viviendas; y no pocos terminaron transformados en vertederos.



El 19 de octubre de 1792, Juan Agudo Millán pidió al Ayuntamiento permiso para cerrar el callejón de las murallas comprendido entre el Arco de San Francisco y la salida de los adarves de San Lorenzo. Alegaba que ya no era necesario para el uso común y que, debido a su soledad, se cometían en él graves desórdenes y podían producirse enfrentamientos o muertes violentas.

Siete años después, el 31 de mayo de 1799, Gil Rubio volvió a solicitar el cierre del camino que rodeaba la muralla desde el Arco de San Francisco hasta los miradores de San Lorenzo. El Ayuntamiento nombró una comisión para reconocer el terreno.

En agosto de aquel mismo año, Lorenzo Mancebo pidió que se le cediera el resto del callejón. Se comprometía a cerrar a su costa un lienzo de muralla hundido hacia la Cava y denunciaba que el lugar servía únicamente como depósito de inmundicias.

Estas solicitudes muestran cómo desapareció buena parte de la antigua ronda. No fue un derribo repentino, sino un proceso lento de privatización, cierre y ocupación. El camino militar dejó de ser espacio público, los muros se convirtieron en medianeras y el trazado defensivo comenzó a quedar oculto entre propiedades particulares.


El Saltadero: donde la muralla se encontraba con el vacío

Desde San Lorenzo, la muralla se aproximaba a uno de los puntos más abruptos de la ciudad: el Saltadero. El nombre alude al fuerte desnivel por el que descendían las aguas procedentes de la Cava y de las zonas altas del casco urbano.

Antes de las transformaciones contemporáneas, el terreno debía de presentar un aspecto mucho más accidentado. La pendiente y el barranco actuaban como defensa natural, haciendo muy difícil un ataque directo. La muralla se levantaba sobre el borde de la Loma, reforzando una posición que ya era formidable por sí misma.

Pero esa ventaja militar tenía un coste. Las aguas de lluvia, la erosión del terreno y los materiales arrastrados desde el interior de la ciudad atacaban continuamente la base de los muros. De ahí que los desprendimientos y reparaciones fueran frecuentes.

Cuando el recinto perdió su función defensiva, este sector se transformó en espacio de paseo. El llamado Paseo del Saltadero constituía una continuación del Paseo Bajo, aunque quedaba interrumpido por el callejón de Cotrina, la plazuela de la Puerta de Granada y la cuesta de San Lorenzo.

También fue conocido como Paseo de Invierno. Su orientación hacia el mediodía y su relativo resguardo frente al cierzo permitían disfrutar del sol durante los meses fríos. La documentación indica que tuvo árboles y asientos y que originalmente era más amplio que el espacio actual, antes de que las construcciones se fueran adosando a la muralla.

En 1842, el Ayuntamiento hablaba ya de valorar unas casas que debían demolerse cerca de la muralla de San Lorenzo para prolongar el Paseo de Invierno. La antigua defensa estaba siendo reinterpretada: de camino de ronda pasaba a convertirse en lugar de recreo y contemplación.

En 1887, un hundimiento obligó a reparar el muro que contenía el paseo frente a las huertas. La actuación se presupuestó en 1.120 pesetas, una cantidad considerable que muestra la importancia de mantener estable aquel borde elevado.

El peligro de caída continuaba siendo evidente. En 1931, los vecinos de los Miradores de San Lorenzo pidieron la colocación de una baranda o antepecho. La mejora se ejecutó en 1933, cuando se trasladó hasta allí la baranda que anteriormente protegía el Paseo de la Coronada.

De este modo, el parapeto militar terminó convertido en balcón urbano. Donde antes vigilaban soldados comenzaron a pasear vecinos que se detenían a contemplar la campiña.


La Puerta de Granada: mucho más que el arco que hoy contemplamos

Descendiendo desde San Lorenzo alcanzamos la actual Puerta de Granada, situada en la plaza de las Tenerías y abierta hacia el antiguo Camino Real que conducía al reino granadino.

Su apariencia actual puede llevarnos a imaginar un acceso sencillo: un arco de dimensiones reducidas abierto en un lienzo de piedra. Sin embargo, la documentación revela que el conjunto histórico fue bastante más complejo. No existió únicamente una puerta, sino dos líneas sucesivas de cierre, acompañadas por una barbacana o antemuralla, un espacio intermedio, un pilar-abrevadero y las instalaciones artesanales de las tenerías.


La Puerta de Granada era, por tanto, un pequeño sistema urbano y defensivo. Quien llegaba desde el camino exterior no penetraba directamente en la ciudad. Debía atravesar una primera defensa, entrar en un espacio controlado y cruzar después una segunda puerta para alcanzar el interior.

Las fuentes emplean expresiones como “primera puerta”, “dos puertas”, “antemuralla” y “barbacana”. No siempre resulta sencillo determinar desde qué dirección se numeraban los accesos, pues una puerta podía ser considerada primera para quien salía de la ciudad y segunda para quien llegaba desde el campo. Por ello, la identificación exacta de cada vano debe exponerse con prudencia.


La interpretación más aceptada considera que la puerta actualmente conservada formaba parte del acceso que comunicaba directamente con la ciudad intramuros, mientras que la otra se abría en la barbacana y protegía la plazuela, la fuente y el camino exterior. Algunas investigaciones añaden que el arco visible pudo ser trasladado ligeramente respecto a su posición primitiva.


El arco conservado y la posible puerta primitiva

El acceso que hoy contemplamos se resuelve mediante un sencillo arco de medio punto. Su sobriedad contrasta con el carácter monumental de otras entradas urbanas, pero no debe interpretarse como señal de escasa importancia.



Rafael Vañó propuso que este arco pudo abrirse en el siglo XV, sustituyendo o modificando una entrada anterior de perfil apuntado. Según esta interpretación, el primitivo arco ojival habría quedado cegado y habría estado protegido por un matacán, posiblemente en el sector donde actualmente se encuentra el pilar. Se trata de una propuesta histórico-arquitectónica que ayuda a explicar las distintas fases visibles en la fábrica, aunque no debe presentarse como una certeza arqueológica definitiva.



La Puerta de Granada, como tantas otras estructuras defensivas, no fue una obra inmutable. A lo largo de los siglos debió experimentar reparaciones, reconstrucciones, cambios de rasante y modificaciones del tránsito. Por eso, la estructura actual conserva únicamente una parte de una historia constructiva mucho más larga.


Las dos puertas y la barbacana

La existencia de dos accesos aparece confirmada por varias noticias municipales. En 1583, el Ayuntamiento ordenó empedrar las dos puertas de Granada. Ese mismo año, al disponerse el cierre del postigo de San Lorenzo y del paso de la Mancebía, se ordenó colocar la guardia en la “primera puerta” de Granada.

En 1637, el Concejo acordó cerrar el callejón de muralla que corría desde la primera Puerta de Granada hasta la plazuela de San Lorenzo. En 1681, una nueva noticia informaba de la caída de parte de la antemuralla contigua a la puerta. El empleo de este término resulta especialmente significativo, pues la antemuralla era precisamente la defensa exterior que también conocemos como barbacana.


FOTOGRAFÍA: AGUSTÍN PALACIOS. ANTIGUA BARBACANA

La barbacana creaba una segunda línea defensiva más baja que la muralla principal. Además de proteger el acceso, obligaba a los viajeros a seguir un recorrido controlado y evitaba una entrada directa. En caso de ataque, el enemigo podía quedar atrapado entre ambas líneas, expuesto al fuego de los defensores.

Pero su función no era exclusivamente militar. El espacio comprendido entre las puertas organizaba el tránsito cotidiano, permitía inspeccionar mercancías y daba acceso al agua sin necesidad de abrir completamente la ciudad.


El pilar y el agua: una puerta al servicio del campo

Uno de los elementos fundamentales de este conjunto fue el pilar-abrevadero. Su presencia convertía la Puerta de Granada en lugar de parada para campesinos, arrieros y animales de carga.



En 1561, el Ayuntamiento ordenó retirar una pila donde algunas personas lavaban ropa y prohibió que se utilizara para ese fin tanto la pila como el pilar. La medida pretendía evitar suciedad, conflictos y contaminación de un agua destinada principalmente al abastecimiento y al ganado.

La importancia del abrevadero se mantuvo durante siglos. En 1864, el Ayuntamiento acordó ampliarlo en doce varas, con un coste de 1.978 reales. La inversión demuestra que, aun cuando parte de las defensas había comenzado a desaparecer, el lugar continuaba siendo esencial para los hombres y animales que llegaban desde la campiña.




La puerta funcionaba así como un verdadero punto de encuentro entre ciudad y territorio. Los agricultores podían abrevar las caballerías, descansar antes de ascender hacia el interior y organizar la entrada de productos. El control del agua era tan importante como el control de las personas.


Las tenerías: trabajo, agua y fuertes olores bajo la muralla

La actual denominación de plaza de las Tenerías conserva la memoria de una actividad artesanal que marcó profundamente el lugar. Las tenerías eran instalaciones dedicadas al curtido de pieles, un proceso que requería grandes cantidades de agua y generaba residuos y olores intensos.

Por esta razón, solían emplazarse en zonas periféricas, junto a cursos de agua, pilares o barrancos. La Puerta de Granada reunía todas esas condiciones: se encontraba al borde de la ciudad, próxima a las huertas y vinculada a los desagües que descendían por la ladera.

Las investigaciones señalan que las tenerías situadas en este entorno permanecieron activas hasta la década de 1940. Su continuidad durante tantos siglos demuestra que la zona extramuros no era un espacio vacío. Allí trabajaban curtidores, molineros, hortelanos, jornaleros y arrieros; circulaban animales y se almacenaban materiales vinculados a los oficios.

El tránsito de pieles y cueros debió estar relacionado, además, con el Arco de San Lorenzo y con los caminos que conducían hacia las huertas. Todo este sector formaba una periferia artesanal en la que las funciones defensivas convivían con las necesidades económicas de la ciudad.


Muladar, ejido y cruz del camino

Fuera de la barbacana se encontraba el muladar del Concejo, es decir, el lugar destinado a depositar estiércol, broza y residuos.

En 1561, Gil de Valencia pidió que se reparasen la pared y el pretil situados junto al muladar de la Puerta de Granada. En 1583, el Ayuntamiento ordenó colocar una señal o mojón para indicar claramente dónde debían arrojarse los desperdicios.

La existencia del muladar explica parte de los problemas de salubridad del entorno. Las puertas medievales eran lugares de tránsito, pero también puntos donde se acumulaban actividades consideradas molestas: vertidos, mataderos, animales, talleres y depósitos de materiales.

También se documenta un ejido, terreno comunal situado fuera de la ciudad y utilizado para el descanso o circulación del ganado. En 1640, el Ayuntamiento denunció que varios vecinos estaban ocupando indebidamente una parte de aquel espacio y posteriormente acordó vender algunos terrenos.

En torno a 1576 existía igualmente una cruz que recibía o despedía a los viajeros. Era habitual que los caminos y salidas urbanas estuvieran señalados por cruces, ermitas o pequeños elementos devocionales. Para quien abandonaba Úbeda por el camino de Granada, aquella cruz marcaba simbólicamente el paso entre el espacio protegido de la ciudad y la incertidumbre del viaje.

La Puerta de Granada reunía así realidades muy diferentes: defensa, fiscalidad, agua, devoción, trabajo artesanal, residuos y circulación ganadera. Reducirla al arco conservado significa perder buena parte de su significado histórico.


La vigilancia durante las epidemias

La primera noticia municipal conocida sobre obras en la puerta se remonta a 1558, cuando el Concejo pagó al carpintero Bernabé Sánchez por una reparación. Poco después, durante la epidemia de 1559, la Puerta de Granada fue una de las pocas entradas que permanecieron abiertas.

Aquella decisión se repetiría, con variaciones, en otros momentos de crisis. Las autoridades reducían el número de accesos para concentrar en ellos a los guardias, controlar a los viajeros y exigir testimonios sobre su lugar de procedencia.

El acuerdo de 1834 resulta especialmente valioso porque menciona simultáneamente la Puerta de Granada, el Arco de San Lorenzo, la embocadura hacia la Puerta del Baño y el aguadero. Gracias a él podemos reconstruir cómo funcionaban conjuntamente estos elementos: no eran accesos independientes, sino partes de una misma red de circulación y vigilancia.


El siglo XIX y la amenaza de la piqueta

Como ocurrió con el resto de las murallas de Úbeda, el siglo XIX fue decisivo para la transformación de la Puerta de Granada. El crecimiento urbano, el aumento del tránsito y una nueva idea de modernidad llevaron a considerar las puertas medievales como obstáculos.

Antes de la orden formal de demolición ya se estaba desmontando parte del lienzo situado junto al Camino de Granada. En 1854, los propietarios de ganado fueron invitados a retirar con sus animales las piedras y el cascajo procedentes de los derribos.

El 4 de enero de 1855, el Ayuntamiento acordó formar expediente para demoler los arcos de San Francisco, San Lorenzo y la Puerta de Granada, considerados ruinosos. En marzo se tramitó la correspondiente subasta y se incorporó el informe del perito Francisco de Cózar.

La orden parece haber afectado principalmente a la puerta exterior situada en la barbacana. En 1857, Luis Esteban solicitó aprovechar dos pedazos de puerta que permanecían enterrados en aquel lugar. La noticia sugiere que buena parte del acceso exterior había sido desmontada y que sus restos se encontraban mezclados con tierra y escombros.

Sin embargo, un nuevo acuerdo de 1865 volvió a mencionar el derribo de una puerta que amenazaba ruina. Esta referencia introduce una duda: ¿se trataba del resto de la puerta exterior, de otro vano del conjunto o de una nueva amenaza contra la puerta principal?

La documentación no permite resolverlo completamente. Lo que sí sabemos es que el arco conservado logró escapar a la destrucción, mientras la barbacana y buena parte del dispositivo exterior desaparecieron.


El empedrado de la plazuela

En 1856, la plazuela presentaba un estado lamentable. El barro dificultaba el paso de vecinos y animales, y las caballerías podían quedar atascadas cuando se acercaban al abrevadero.

El Ayuntamiento decidió empedrar todo el espacio comprendido entre el Camino Real de Granada y el Arco de San Lorenzo. La obra fue adjudicada por 3.348 reales.

La intervención muestra que el derribo de parte de las defensas no significó el abandono inmediato del lugar. Al contrario: la puerta seguía siendo un punto de circulación indispensable y el municipio tuvo que adaptar su entorno a las necesidades del tránsito.

A finales de siglo aumentó también la presión edificatoria. En 1882, Juan Vilches Martínez solicitó terreno en la plazuela para construir junto a la puerta. Las antiguas zonas libres de la fortificación comenzaban a convertirse en solares urbanos, cerrando progresivamente los espacios que habían permitido comprender el sistema defensivo.


Isabel la Católica y la Puerta de Granada: historia y tradición

Una conocida tradición ubetense sostiene que Isabel la Católica salió por esta puerta camino de la campaña de Baza, después de haber pernoctado en el convento de Santa Clara.

El relato resulta verosímil desde el punto de vista geográfico, pues la puerta comunicaba con el camino hacia Granada. Sin embargo, debe presentarse como tradición, ya que la documentación manejada para la historia de la muralla no permite confirmar con plena certeza el episodio concreto.



Esta distinción es importante. El valor de una tradición no depende necesariamente de que pueda demostrarse en todos sus detalles. Muchas veces refleja la memoria colectiva de una ruta, una visita real o una relación histórica que posteriormente fue embellecida. Pero la investigación debe separar siempre lo documentalmente probado de lo transmitido por la memoria popular.


Calle Cotrina: la muralla atrapada entre casas, huertos y molinos

Desde la Puerta de Granada, el trazado continuaba hacia la actual calle Cotrina, denominada en documentos del siglo XVI Mancebía.



El nombre contemporáneo procede de José Cotrina, propietario de un huerto y un molino de aceite situados junto a los torreones y muros. La cercanía de molinos, huertas y tenerías demuestra que esta parte de la ciudad estuvo intensamente ocupada por actividades agrícolas y artesanales.

Durante el siglo XIX, la muralla quedó sometida a un continuo proceso de apropiación. En 1843, la Colegiata solicitó las piedras de la zarpa o base de la muralla situada frente a la casa de José Cotrina. La petición revela que los restos defensivos eran considerados a menudo una cantera de materiales disponibles.

En 1848, Sebastián Rus pidió un torreón contiguo al huerto de Cotrina para incorporarlo a su vivienda de la calle Molinos y utilizarlo como mirador y desahogo. El Ayuntamiento autorizó la operación a cambio de 500 reales y exigió construir un antepecho que evitara perjuicios al huerto situado en un nivel inferior.

En 1855, el representante de Jerónimo Pérez de Vargas solicitó un terreno situado en uno de los ángulos de la Puerta de Granada para abrir una entrada hacia su molino. Estos expedientes muestran cómo los elementos militares eran absorbidos por la propiedad privada: una torre podía transformarse en terraza, un lienzo en pared de molino y una ronda en acceso doméstico.



Por eso, al caminar hoy por la calle Cotrina no debemos buscar necesariamente una muralla perfectamente visible. En muchos puntos se encuentra integrada, recortada, reconstruida o escondida dentro de edificios posteriores.


La Puerta del Baño: el acceso desaparecido entre Cotrina y el Alcázar

Al final de este recorrido se encontraba la Puerta del Baño, uno de los accesos menos conocidos y más difíciles de identificar sobre el terreno actual.

La documentación permite situarla a la salida de la antigua calle de los Molinos, cerca de su encuentro con el Arroyo de Santa María, en el entorno comprendido entre el callejón de Cotrina y la subida hacia la actual cuesta de Carvajal. Desde allí, la muralla continuaba hasta enlazar con el recinto del Alcázar.



En 1707 se menciona a una vecina que habitaba junto al horno de la Puerta del Baño. En 1710, un inventario describe unas casas-tenería situadas allí, aisladas y limitadas por la calle que corría junto a la muralla, el camino que bajaba hacia San Juan Evangelista y una callejuela próxima a un molino de aceite.

Las tenerías pertenecieron posteriormente al convento de San Nicasio. En 1773, fueron arrendadas como instalaciones aisladas situadas en la parroquia de San Lorenzo. Años después, tras la supresión del convento, continuaron apareciendo en contratos de arrendamiento y desamortización.

Un documento de 1800 resulta definitivo para localizar la puerta: describe un solar cercado con piedra y tapia que lindaba con la muralla y con la Puerta del Baño, formando esquina con la calle de los Molinos.

En 1817, la venta de un corral perteneciente al convento de Madre de Dios vuelve a señalar que el terreno lindaba al este con la puerta y la muralla. La repetición de estas referencias permite situar el acceso con una precisión mucho mayor que la ofrecida por la tradición.


El origen del nombre y la leyenda de la reina mora

La tradición afirmaba que por esta puerta salía una reina mora para dirigirse a sus baños. No existe documentación que permita identificar a esa supuesta reina ni demostrar el episodio.

Sin embargo, la tradición parece conservar un fondo de verdad topográfica. En 1819 se arrendó un huerto denominado “el Baño”, situado por debajo de la Salobreja y lindante con una casa-tenería. La presencia de un espacio conocido con ese nombre, unido a las instalaciones relacionadas con el agua y el curtido, pudo originar la denominación de la puerta.

Es posible, por tanto, que la memoria popular transformara la existencia real de baños o instalaciones hidráulicas en una narración protagonizada por una misteriosa reina musulmana. La historia documentada y la leyenda no son lo mismo, pero en este caso parecen haber crecido sobre un mismo paisaje.


El final de la Puerta del Baño

En el reconocimiento de la cerca realizado en 1780, la Puerta del Baño todavía aparecía en buen estado. Sin embargo, durante el siglo XIX su deterioro se aceleró.

El 1 de septiembre de 1859, Diego García Martínez informó de que el arco situado frente a las casas de José Cotrina, en la parte baja del Arroyo de Santa María, se encontraba ruinoso. Se ofreció a demolerlo a cambio de recibir los materiales y dejar limpio el lugar.

A partir de ese momento, la puerta deja prácticamente de aparecer en la documentación. Entre 1859 y 1865 debió desaparecer.

En 1865, el maestro de obras Francisco de Cózar pidió un terreno a la entrada del Paseo Bajo, cerca de la casa de José Cotrina. El solar lindaba con un torreón de muralla y el solicitante se comprometía a dejar paso suficiente para que caballerías y carruajes pudieran subir hacia la plaza de Carvajal. La noticia muestra que, una vez desaparecida la puerta, el espacio fue rápidamente ocupado y reorganizado.

Con la pérdida de este acceso quedó aún más desdibujada la conexión entre la cerca urbana y el recinto del Alcázar.


Del Paseo Bajo a las murallas del Alcázar

Desde la Puerta del Baño comenzaba o se prolongaba el llamado Paseo Bajo, que seguía la cornisa meridional en dirección al Alcázar y a la desaparecida Torre de Tierra.

Durante buena parte de la primera mitad del siglo XIX, los terrenos situados junto a las murallas del Alcázar fueron respetados por el Ayuntamiento porque servían para el descanso y aposento del ganado.

En 1845, Luis Esteban solicitó en venta, censo o arrendamiento el terreno comprendido entre la Torre de Tierra y la antigua Puerta del Baño. El Ayuntamiento no había permitido hasta entonces su ocupación por considerarlo de utilidad común.

La situación cambió poco después. La demolición de la Torre de Tierra y la pérdida de utilidad pública de los espacios defensivos facilitaron la urbanización. En 1866, Aniceto Bengoa pidió que se trazaran las alineaciones necesarias para edificar varias casas en la calle de Miradores o Torre de Tierra.

La muralla comenzaba así a desaparecer entre nuevas viviendas. Lo que había sido franja militar y espacio ganadero se transformaba en calle residencial.


La Redonda de Miradores y la muralla del Alcázar

La Redonda de Miradores constituye hoy uno de los grandes balcones paisajísticos de Úbeda. Desde ella se contemplan la campiña, el valle del Guadalquivir, las sierras orientales y el inmenso mar de olivos.



Pero el carácter contemplativo del lugar es relativamente reciente. Durante siglos fue uno de los puntos más fuertes del recinto defensivo. Aquí la muralla urbana enlazaba con las fortificaciones del Alcázar, asentado sobre la parte más elevada y abrupta de la Loma.

El Alcázar poseía su propio cinturón de muros, torres y adarves. Ruiz Prieto describía un recinto fortísimo, flanqueado por numerosas torres y relacionado con la Puerta del Baño y los postigos que comunicaban con la ciudad.

La muralla aprovechaba al máximo la topografía. Desde el exterior, la pendiente hacía muy difícil alcanzar la base de los muros. Desde el interior, las torres permitían dominar una amplísima extensión del territorio.


La Torre de los Aviones y la discutida Puerta de Ibiut

En la Redonda de Miradores, entre las casas números 6 y 7, se ha identificado una estructura de gran interés. En su interior se conservan hasta tres huecos o pasos que pudieron comunicar diferentes espacios de la muralla y del Alcázar.

Rafael Vañó y Juan Ramón Martínez Elvira relacionaron esta estructura con la Puerta de Bahud o Ibiut, vinculada a la legendaria Torre de Ibiut. Ginés de la Jara Torres Navarrete, en cambio, la denominó Torre de los Aviones y no aceptó necesariamente su identificación con la puerta de Ibiut.



José Manuel Almansa propuso una interpretación conciliadora: la torre pudo formar parte del sistema de la Puerta de Ibiut y ser conocida popularmente como Torre de los Aviones.

No existe, por tanto, unanimidad. La estructura conservada es real, pero su nombre medieval y su relación exacta con la Puerta de Ibiut continúan siendo objeto de discusión. Solo nuevas intervenciones arqueológicas podrían aclarar definitivamente cómo se organizaban sus pasos interiores y qué función desempeñaba dentro del Alcázar.


La otra historia de los Miradores: viviendas, pobreza y desprendimientos

La belleza actual del paisaje no debe ocultar la difícil realidad social que existió junto a estas murallas durante buena parte del siglo XX.

Según un censo fechado el 28 de octubre de 1960, en las calles Saludeja y Redonda de Miradores vivían 472 personas, agrupadas en 105 familias y 59 casas. Algunas viviendas alojaban simultáneamente a varias familias; una de ellas llegó a albergar siete.

Muchas de aquellas construcciones se apoyaban sobre la muralla o se encontraban inmediatamente delante de ella. Las condiciones de habitabilidad eran muy precarias y el terreno resultaba especialmente vulnerable durante los temporales.

Los meses finales de 1961 y comienzos de 1962 fueron extraordinariamente lluviosos. Se registraron más de cien litros por metro cuadrado en noviembre, alrededor de ciento treinta y siete en diciembre y cerca de sesenta durante enero.



El 9 de enero de 1962, un informe dirigido al gobernador señalaba que la muralla situada en los fondos de las casas había sufrido movimientos y desprendimientos de grandes bloques. No hubo víctimas, pero algunos edificios quedaron seriamente dañados.

Los técnicos concluyeron que las viviendas no admitían reparaciones capaces de eliminar el peligro, porque el problema nacía en las antiguas murallas que las limitaban. La solución propuesta fue demoler los edificios y trasladar a sus ocupantes.

Para alojar a las familias afectadas se instalaron casas prefabricadas en las Eras del Alcázar. La historia de las murallas se cruzó de este modo con la historia de cientos de ubetenses que vivían en condiciones humildes junto a uno de los paisajes más admirados de la ciudad.

El patrimonio no fue únicamente escenario de reyes, ejércitos y caballeros. También fue pared de viviendas, sostén de corrales, límite de barrios populares y causa de problemas de seguridad para muchas familias.


Arqueología bajo la muralla: un pasado mucho más antiguo

Los desprendimientos y restauraciones de finales del siglo XX revelaron que bajo las murallas medievales se conservaba una historia mucho más antigua.

En 1985, durante obras realizadas en las murallas de la Saludeja, se documentaron restos arqueológicos que se remontaban al III milenio antes de nuestra era. Estos hallazgos confirmaron la importancia del barrio del Alcázar como núcleo primitivo de ocupación humana en Úbeda.

Fotografías de Juan Vp

El descubrimiento más relevante se produjo en 1996. Las lluvias torrenciales amenazaron nuevamente varias viviendas de la Redonda de Miradores y obligaron al Ayuntamiento a ejecutar un importante movimiento de tierras. La intervención dejó al descubierto aproximadamente 346 metros cuadrados de estratos arqueológicos.

La secuencia abarcaba desde mediados del IV milenio antes de Cristo hasta época romana. El equipo dirigido por Rafael Lizcano Pretel, con la participación del grupo de investigación MIDAS III Milenio de la Universidad de Huelva, analizó pólenes, semillas, restos óseos y otros materiales, apoyándose en numerosas dataciones radiocarbónicas.

Los resultados mostraron una prolongada ocupación del promontorio y sirvieron de fundamento a la conocida consideración de Úbeda como uno de los asentamientos urbanos de continuidad más antigua de Europa occidental.

Conviene, sin embargo, expresar esta afirmación con rigor: la antigüedad del poblamiento está sólidamente respaldada por la arqueología, mientras que expresiones como “la ciudad más antigua de Europa occidental” dependen de los criterios utilizados para definir ciudad, continuidad y urbanización.


Lo esencial es que la muralla medieval se levantó sobre un lugar ocupado durante milenios. Antes de los torreones islámicos y del Alcázar existieron comunidades prehistóricas que ya habían comprendido las ventajas de aquella posición elevada.


De la denuncia patrimonial a la restauración

La preocupación por el estado de estos muros aumentó durante las últimas décadas del siglo XX.


Foto Felipe.

En 1982, una relación de monumentos necesitados de intervención urgente incluyó expresamente la iglesia y las murallas de San Lorenzo, así como la muralla del Alcázar y la Redonda de Miradores. El llamamiento reflejaba el deterioro acumulado después de siglos de abandono y ocupaciones.

Durante los años posteriores se acometieron distintas restauraciones, consolidaciones y actuaciones arqueológicas. Entre 2003 y 2014, los informes municipales recogían la restauración de la muralla de la Cava y los Miradores de San Lorenzo, así como intervenciones en la Saludeja y San Millán.

En 2009 se restauraron nuevos lienzos de muralla en la Cava y la Saludeja, dentro de un programa más amplio de obras urbanas. Las actuaciones permitieron recuperar tramos ocultos, consolidar estructuras amenazadas y devolver continuidad visual a algunos sectores del antiguo recinto.

No obstante, restaurar una muralla no significa reconstruirla hasta convertirla en una escenografía perfecta. Su valor reside también en las huellas de sus transformaciones: puertas cegadas, viviendas adosadas, reparaciones antiguas, cambios de nivel y fragmentos incorporados al caserío.


Un balcón construido sobre siglos de historia

El tramo comprendido entre San Lorenzo y la Redonda de Miradores resume como pocos la historia de las murallas de Úbeda.

Primero fue un frente defensivo protegido por el desnivel de la Loma. Después se convirtió en soporte de iglesias, viviendas, huertos, molinos y tenerías. Sus puertas controlaron agricultores, mercancías, caballerías y viajeros. En tiempos de epidemia sirvieron para organizar la vigilancia y limitar los accesos.

Más tarde, cuando la defensa dejó de ser necesaria, las rondas se abandonaron, las piedras fueron reutilizadas y numerosos vecinos ocuparon los terrenos inmediatos. El Arco de San Lorenzo y la Puerta del Baño desaparecieron; la barbacana de la Puerta de Granada fue desmantelada; y la muralla quedó atrapada entre casas y propiedades particulares.

El antiguo Saltadero se transformó en Paseo de Invierno. Los adarves dejaron de ser caminos de soldados y se convirtieron en miradores. Las barandas sustituyeron a los parapetos y el horizonte que antes se vigilaba comenzó a contemplarse por placer.

Durante el siglo XX, los desprendimientos mostraron la fragilidad de los muros y las difíciles condiciones de quienes habitaban junto a ellos. Después, la arqueología reveló que bajo la fortificación medieval se escondía una secuencia de ocupación humana de miles de años.

Hoy, la iglesia de San Lorenzo, la Puerta de Granada, la calle Cotrina, la Saludeja y la Redonda de Miradores parecen espacios distintos. Sin embargo, todos pertenecen a una misma historia: la historia de la gran cornisa meridional de la Úbeda amurallada.

La muralla ya no separa la ciudad del valle. Ahora le permite asomarse a él. Pero bajo los paseos, jardines, casas y miradores continúa latiendo la memoria de las puertas perdidas, de los caminos de ronda, de las caballerías detenidas ante el pilar, de los curtidores trabajando junto a las tenerías y de los centinelas que, durante siglos, vigilaron desde lo alto el inmenso horizonte del Guadalquivir.


Fuentes documentales y bibliográficas

  1. Archivo Histórico Municipal de Úbeda, libros de Actas Capitulares y expedientes municipales correspondientes, entre otras, a las sesiones de 22 de junio de 1616; 11 de septiembre de 1733; 19 de octubre de 1792; 31 de mayo y 16 de agosto de 1799; 12 de enero de 1834; 23 de noviembre de 1846; 4 de enero de 1855; 23 de septiembre de 1856; 14 de mayo de 1857; 1 de septiembre de 1859; 20 de octubre de 1864; 19 de mayo de 1870; 2 de abril de 1887; 6 de mayo de 1931 y 30 de junio de 1933.
  2. Torres Navarrete, Ginés de la Jara, Historia de Úbeda en sus documentos. Tomo VII. Las puertas y murallas de Úbeda. Asociación Cultural Ubetense Alfredo Cazabán Laguna.
  3. Almansa Moreno, José Manuel, Urbanismo y arquitectura en Úbeda, 1808-1931.
  4. Martínez Elvira, Juan Ramón, «Nuevos planteamientos en torno al cinturón amurallado de Úbeda», serie de estudios publicados en Ibiut.
  5. Ruiz Prieto, Miguel, Historia de Úbeda.
  6. Revistas históricas Gavellar, Ibiut y Vbeda, con estudios, fotografías y testimonios dedicados a las puertas, murallas y barrios meridionales de la ciudad.

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