LA CRUZ GRANDE DEL SALVADOR: UNA JOYA RENACENTISTA QUE LA FOTOGRAFÍA SALVÓ DEL OLVIDO




Hay fotografías que no se limitan a mostrarnos el pasado: se convierten en el único medio para recuperar aquello que la historia nos arrebató. La imagen que hoy compartimos constituye uno de esos testimonios excepcionales.

La cartela manuscrita la identifica como «Cruz parroquial de plata de la Yglesia del Salvador». La fotografía fue realizada por Enrique Romero de Torres hacia 1913-1915, durante los trabajos preparatorios de su Catálogo monumental de los monumentos históricos y artísticos de la provincia de Jaén. Dentro de aquella colección recibió el número original 32 bis.

Sin embargo, conviene hacer una precisión. Aunque Romero de Torres y otros autores antiguos la denominaron «cruz parroquial», la Sacra Capilla del Salvador nunca fue una parroquia, sino el templo funerario fundado por Francisco de los Cobos y María de Mendoza. La documentación del siglo XVI se refiere a ella sencillamente como la «cruz grande», mientras que los estudios modernos la identifican como una cruz procesional.

La obra formaba parte del extraordinario ajuar litúrgico encargado para engrandecer la fundación de los Cobos. El 31 de octubre de 1541, Francisco de los Cobos contrató al prestigioso platero toledano Francisco Martínez de San Román para realizar diferentes piezas de plata destinadas al Salvador. Entre ellas se encontraba esta magnífica cruz, concluida en 1542, fecha que parece leerse en una cartela situada bajo la figura de Cristo.

La atribución no se basa únicamente en semejanzas artísticas. En la parte conservada aparecen la marca de la ciudad de Toledo y la correspondiente al artífice. Además, la cruz figura en la donación realizada por los fundadores en 1546 y en los inventarios de la capilla de 1563, 1568, 1586, 1631 y 1634.

El inventario levantado en Úbeda el 4 de diciembre de 1568 ofrece una descripción especialmente valiosa. En él se menciona una gran cruz de plata que mostraba, en una de sus caras, a Cristo crucificado acompañado por la Virgen María y san Juan, junto con el pelícano y las armas de los fundadores. En el reverso aparecían el Salvador del Mundo y los cuatro evangelistas.

La fotografía nos permite contemplar precisamente su anverso. En el centro se alza Cristo muerto en la cruz, representado con tres clavos y con una expresividad relacionada por los especialistas con el arte de Alonso Berruguete. En los brazos laterales aparecen la Virgen María y san Juan, mientras que en la parte superior se encuentra el pelícano alimentando a sus crías, símbolo tradicional del sacrificio de Cristo y de la Eucaristía. En la zona inferior se reconocen las armas de Francisco de los Cobos y María de Mendoza.

Toda la superficie estaba cubierta por una delicadísima decoración plateresca: grutescos, roleos vegetales, figuras humanas y animales, candelabros, pequeñas cabezas fantásticas y cresterías. La estructura interior del árbol era de madera, revestida con plata trabajada mediante las técnicas del cincelado, el grabado y la fundición.

No menos espectacular era la macolla, la gran pieza arquitectónica situada entre la cruz y la vara procesional. Está formada por dos cuerpos con pequeñas hornacinas, columnas abalaustradas y figuras de santos y apóstoles. El cañón inferior, de forma octogonal, fue ornamentado con grutescos, trofeos y jarrones. Solo estas partes conservadas alcanzan aproximadamente cincuenta centímetros de altura.



Pero la cruz que contemplamos en la fotografía ya no existe completa.

En 1936, durante los graves daños y expolios sufridos por la Sacra Capilla del Salvador, desapareció el árbol de la cruz, es decir, toda la parte superior que contenía el Crucificado y su programa iconográfico. Miguel Campos Ruiz dejó escrito que logró recuperar la macolla, que había permanecido escondida, pero del resto de la pieza no volvió a encontrarse rastro.

Actualmente se conservan en el Salvador la macolla y el cañón, dos fragmentos extraordinarios que permiten imaginar la riqueza del conjunto original. El árbol, sin embargo, continúa en paradero desconocido.


Por ello, esta imagen posee un valor que supera el meramente artístico. Es uno de los principales testimonios gráficos de una obra maestra de la platería renacentista española y nos permite contemplar cómo fue antes de su desaparición. La cámara de Enrique Romero de Torres conservó para la memoria lo que el tiempo y la violencia terminaron destruyendo.

📷 Procedencia de la fotografía: Enrique Romero de Torres, Catálogo monumental de la provincia de Jaén, volumen de fotografías, hacia 1913-1915, original n.º 32 bis. Biblioteca Tomás Navarro Tomás-CSIC. Copia del Instituto de Estudios Giennenses: signatura B.373-3, registro 13.472.

📚 Fuentes documentales y bibliográficas:




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