El juramento de los fueros del emperador Carlos en Úbeda
El 17 de diciembre
de 1526, Úbeda vivió uno de los actos más solemnes de su historia: la
llegada del emperador Carlos I de España y V de Alemania y su juramento
de guardar los fueros, privilegios, franquicias y libertades de la ciudad. No
se trató de una visita cualquiera, sino de una ceremonia cargada de significado
político, religioso y simbólico. Carlos llegaba a una Úbeda orgullosa de su
pasado, de sus servicios a la Corona y de las mercedes que había recibido de
los monarcas anteriores.
El escenario elegido
fue uno de los lugares más representativos de la ciudad: la antigua Puerta
de Toledo, en el entorno de la actual plaza de Andalucía, junto a la
Torre del Reloj. El acto se desarrolló, según la memoria documental,
cuando el emperador se encontraba “entre las dos puertas” de aquel
acceso monumental. Esto es importante, porque la Puerta de Toledo no era una
entrada simple, sino un complejo defensivo de doble paso, un verdadero umbral
entre la ciudad amurallada y el exterior. Allí, cerca de la imagen de Nuestra
Señora de los Remedios, Úbeda recibió al monarca y le pidió la confirmación
de sus derechos históricos.
A la llegada del emperador
acudieron caballeros, regidores, oficiales del concejo y representantes de la
ciudad. Entre ellos destacaba una figura fundamental: don Francisco de los
Cobos y Molina, natural de Úbeda y secretario del emperador. Cobos no era
un personaje menor, sino uno de los hombres más poderosos de la monarquía
carolina: fue caballero de la Orden de Santiago, comendador mayor de León,
contador mayor de Castilla, secretario de Estado de Carlos I y señor de varias
villas. Su presencia daba al acto una fuerza especial, porque Úbeda no solo
recibía al emperador, sino que lo hacía de la mano de uno de sus hijos más
ilustres.
El momento central fue
el juramento. Las autoridades locales suplicaron al emperador que confirmase y
mantuviese las gracias, privilegios, usos y costumbres concedidos a Úbeda por
los reyes anteriores. Para ello, Francisco de los Cobos sostuvo en sus manos un
libro de los Santos Evangelios, acompañado de una cruz de plata y
un crucifijo. Entonces Carlos se quitó la gorra, tomó la cruz, la besó y puso
su mano derecha sobre los Evangelios. Ante Dios, Santa María, la cruz y los
Santos Evangelios, juró guardar y respetar todos los privilegios, fueros,
libertades y mercedes de la ciudad.
Aquel gesto tenía un
enorme valor. En la mentalidad del siglo XVI, jurar sobre los Evangelios no era
una simple fórmula protocolaria: era un compromiso sagrado. El emperador
reconocía públicamente que Úbeda tenía derechos propios, recibidos por su
fidelidad y por los servicios prestados a la Corona. Entre esos méritos se
recordaba especialmente la participación de los ubetenses en las campañas de
los Reyes Católicos y la sangre derramada durante la conquista del reino de
Granada.
La ceremonia también
debe entenderse en el contexto político de la época. Carlos I venía de años
complejos: las Comunidades de Castilla aún estaban recientes y muchas ciudades
habían vivido tensiones internas. Por eso, el juramento tenía también un
sentido de reconciliación y de afirmación de fidelidad. Úbeda mostraba
obediencia al emperador, pero el emperador, a cambio, reconocía sus antiguas
libertades. Era una especie de pacto solemne entre la ciudad y la Corona.
Tras el acto, Carlos
se alojó en el palacio de su secretario, Francisco de los Cobos,
edificio que simbolizaba el ascenso de Úbeda dentro de la política imperial.
La imagen de Nuestra
Señora de los Remedios añade al episodio una dimensión devocional muy ubetense.
La tradición afirma que ante esa imagen juraron los fueros varios monarcas, y
que Felipe II, hijo de Carlos V, repetiría años después un ceremonial semejante
en su visita de 1570. De hecho, estudios sobre la imagen imperial en Jaén
señalan que Felipe II repitió en Úbeda el mismo ceremonial que había tenido
lugar en 1526, reforzando así la fidelidad de la ciudad a la Corona.
Por eso, el juramento
de los fueros de Carlos en Úbeda no fue una anécdota menor. Fue uno de los
grandes hitos simbólicos del Renacimiento ubetense. En ese acto se encontraron
la vieja ciudad medieval de fueros y murallas, la devoción popular a la Virgen
de los Remedios, el poder municipal del concejo, la autoridad sagrada de los
Evangelios y la nueva realidad imperial representada por Carlos V y Francisco
de los Cobos.
Hoy, cuando Úbeda
recrea la llegada del emperador en sus Fiestas del Renacimiento, no está
representando solo una escena vistosa. Está reviviendo aquel momento en el que
la ciudad se vio reconocida por el mayor poder político de su tiempo. Bajo la
sombra de la antigua Puerta de Toledo y junto a la Torre del Reloj, Úbeda
recuerda que un día el emperador Carlos se detuvo, besó la cruz, puso la mano
sobre los Evangelios y juró guardar sus fueros, privilegios y libertades.
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