De la hornacina de San Lorenzo a la espadaña de Santa María: el viaje de una escultura por la Úbeda del siglo XIX


Quienes contemplan hoy la fachada principal de Santa María de los Reales Alcázares pueden distinguir, elevada sobre una de sus espadañas, una antigua figura de piedra que representa a san Lorenzo. Su presencia parece tan integrada en la silueta del templo que podría pensarse que fue concebida expresamente para aquel lugar. Sin embargo, la escultura perteneció originalmente a otra iglesia ubetense: se encontraba alojada en una hornacina de la portada principal de la antigua parroquia de San Lorenzo.

El traslado de la imagen no fue un hecho aislado. Formó parte de un proceso mucho más amplio de reorganización parroquial, abandono de templos y dispersión del patrimonio religioso que transformó profundamente la Úbeda del siglo XIX.

La explicación más sólida conduce hacia el año 1888, hacia las reformas realizadas en Santa María y hacia la controvertida figura del prior Alejandro María Monteagudo.

San Lorenzo después de perder su condición parroquial

La iglesia de San Lorenzo había sido durante siglos el centro religioso y social de una de las antiguas collaciones intramuros de Úbeda. Su portada principal, abierta en uno de los laterales del edificio —como sucede en otras parroquias ubetenses de posible origen islámico— estaba presidida por una hornacina que albergaba la escultura pétrea de su titular.


Reconstrucción Digital de San Lorenzo en su emplazamiento original.

El comienzo de su decadencia puede situarse en la primera mitad del siglo XIX. El 4 de junio de 1842, dentro de la reorganización de las parroquias de la ciudad, San Lorenzo quedó suprimida como parroquia independiente. Su feligresía fue agregada inicialmente a Santo Domingo y, posteriormente, terminó dependiendo de Santa María. Aquella decisión administrativa no significó la desaparición inmediata del culto: las campanas siguieron repicando y los vecinos continuaron asistiendo al templo, llegando incluso a producirse movilizaciones para defender su continuidad. En agosto de 1843, coincidiendo con la festividad de san Lorenzo, las autoridades llegaron a suspender los cultos para evitar alteraciones.

A partir de entonces comenzó un lento proceso de abandono. El templo dejó de disponer de los recursos y de la atención propios de una parroquia autónoma, mientras sus bienes fueron trasladándose paulatinamente a otras iglesias. No se trató de un saqueo producido en un único momento, sino de una dispersión progresiva, realizada durante varias décadas y bajo distintas justificaciones: atender necesidades de otros templos, evitar la pérdida de objetos considerados valiosos o reutilizar piezas procedentes de una iglesia cuya conservación parecía cada vez más incierta.

La situación llegó a ser especialmente delicada en 1855. En enero de aquel año el Ayuntamiento ordenó derribar los arcos de San Francisco y las puertas de Granada y San Lorenzo por amenazar ruina. En diciembre llegó a plantearse también la demolición de la propia iglesia de San Lorenzo, no solo por razones de seguridad, sino porque se consideraba que su desaparición podría mejorar el aspecto urbano de aquel sector. Paradójicamente, unos meses antes se había pensado en utilizar el edificio como hospital si la epidemia de cólera alcanzaba la ciudad, lo que pone en duda que su estado fuese tan irrecuperable como se afirmaba. La demolición, afortunadamente, no se llevó a cabo.

Un templo que fue perdiendo sus bienes

La supresión parroquial abrió la puerta a la salida de numerosos objetos. Una de las tres campanas de San Lorenzo fue reclamada para sustituir la del reloj de las antiguas Casas Consistoriales. La magnífica cajonera de su sacristía pasó a San Pedro y, décadas después, sería trasladada a Santa María. También se llevaron a San Pedro un cuadro de san Ildefonso y otras piezas, mientras que el conocido Cristo del Soldado recorrió el camino inverso y fue instalado en el altar mayor de San Lorenzo.

Estos desplazamientos muestran que, durante la segunda mitad del siglo XIX, los bienes muebles de las parroquias suprimidas eran tratados con una libertad que hoy resultaría difícilmente aceptable. Los objetos se movían de un templo a otro atendiendo a decisiones parroquiales, necesidades litúrgicas o iniciativas personales, y rara vez se tenía en cuenta el valor que poseían dentro de su emplazamiento original.

En este contexto debe situarse la escultura de san Lorenzo. Mientras el edificio que le había dado sentido se deterioraba, Santa María de los Reales Alcázares estaba siendo transformada y necesitaba elementos con los que completar su nueva imagen exterior.

Santa María y las nuevas espadañas de Felipe Vara

La silueta actual de Santa María no es enteramente medieval ni renacentista. Una parte importante de su fisonomía exterior fue definida durante el siglo XIX.

Conviene diferenciar dos intervenciones. Tras declararse ruinosa la antigua torre de campanas, esta fue desmontada y sustituida en la década de 1860 por una espadaña situada en el encuentro entre la fachada principal y la portada de la Consolada. Años después se acometió otra operación diferente: la construcción de las dos espadañas ornamentales que coronan los extremos de la fachada principal, acompañadas por ventanas neogóticas ciegas.

Estas últimas fueron diseñadas por el arquitecto Felipe Vara. La investigación de José Manuel Almansa Moreno, apoyada en la crónica contemporánea de Alfredo Cazabán, sitúa su ejecución entre 1886 y 1887, aunque se conserva o se conoce un diseño fechado en 1888. Esta pequeña discordancia cronológica obliga a distinguir entre la realización de las obras y la fecha del proyecto gráfico que ha llegado hasta nosotros.

En ese proyecto aparecen cuatro esculturas destinadas a coronar la nueva composición. Las fotografías antiguas demuestran que durante algún tiempo las cuatro figuras estuvieron colocadas en la fachada. Actualmente solo permanecen dos: la imagen de san Lorenzo y la de la Virgen de Guadalupe. Las otras dos fueron sustituidas posteriormente por pináculos y se ha planteado, como hipótesis, que pudieran representar a santo Domingo y a san Miguel Arcángel.

Las nuevas espadañas, por tanto, no eran simples soportes para campanas. Formaban parte de una ambiciosa operación de monumentalización con la que se pretendía dotar a Santa María de una fachada más solemne y escenográfica. Para completar aquel programa se necesitaban esculturas, y las iglesias suprimidas ofrecían un repertorio de imágenes antiguas que podían ser reutilizadas.

El año 1888 y la actuación del prior Monteagudo

En el centro de esta historia aparece el prior Alejandro María Monteagudo, una de las personalidades más influyentes —y también más discutidas— en la historia contemporánea de Santa María.

Monteagudo promovió obras, recuperó elementos ocultos dentro del templo, se interesó por la arqueología y trató de dignificar la antigua colegiata. Sin embargo, su actuación sobre el patrimonio de otras iglesias ha suscitado valoraciones contrapuestas. Para algunos fue un sacerdote que rescató piezas amenazadas por la ruina; para otros actuó con excesiva libertad, descontextualizando objetos que pertenecían a edificios históricos distintos.

Existe un hecho documentalmente firme: en 1888 el prior Monteagudo tomó de la iglesia de San Lorenzo su pila bautismal de mármol y la trasladó a Santa María. El dato resulta fundamental porque acredita que, precisamente en aquel año, se estaban retirando elementos de San Lorenzo para incorporarlos al templo principal de la ciudad.

José Manuel Almansa Moreno plantea que posiblemente fue en ese mismo año de 1888 cuando se trasladó la imagen pétrea de san Lorenzo, sacándola de la hornacina de su antigua portada y colocándola en una de las espadañas recién construidas de Santa María. La elección del verbo utilizado por el investigador —«posiblemente»— es esencial: no se trata de una fecha demostrada mediante una orden expresa, sino de una reconstrucción basada en la coincidencia de varios indicios.

Los indicios convergen con notable claridad:

  1. Primero, las espadañas de la fachada principal de Santa María acababan de construirse y necesitaban esculturas para completar su decoración.
  2. Segundo, el proyecto conocido de la fachada contemplaba cuatro imágenes.
  3. Tercero, en 1888 está documentado el traslado de otra pieza relevante —la pila bautismal— desde San Lorenzo hasta Santa María.
  4. Cuarto, la escultura que antiguamente ocupaba la hornacina de San Lorenzo aparece después situada en una de aquellas espadañas, donde continúa actualmente.

La suma de estas evidencias convierte 1888 en la fecha más probable, aunque no permita afirmarla con certeza absoluta.

¿Salvamento patrimonial o desmembramiento de San Lorenzo?

La valoración del traslado depende, en buena medida, de la perspectiva desde la que se contemple.

Puede entenderse como una operación de salvaguarda. San Lorenzo había perdido su condición parroquial, sufría un grave deterioro y había llegado a estar amenazada de demolición. Colocar la imagen en Santa María garantizaba su conservación y su visibilidad. De haber permanecido abandonada en su hornacina original, quizá habría sufrido daños irreversibles o habría desaparecido durante los convulsos acontecimientos posteriores.



Pero también fue una operación de descontextualización patrimonial. La escultura no era una pieza independiente. Presidía la entrada de la iglesia, identificaba públicamente al titular del templo y establecía un vínculo visual entre el edificio, la advocación y la antigua collación de San Lorenzo. Al retirarla, la portada perdió una parte esencial de su significado. La imagen fue conservada físicamente, pero separada del lugar para el que había sido concebida.

No contamos con un documento que explique las intenciones de Monteagudo ni que indique si el traslado se presentó como una medida provisional, una donación, una incautación o una reutilización definitiva. Por ello, definirlo únicamente como «rescate» o como «expolio» sería simplificar en exceso una realidad histórica más compleja.

Lo que sí puede afirmarse es que el traslado refleja la mentalidad patrimonial del siglo XIX: se valoraba el objeto artístico, pero no siempre su relación con el edificio y con la comunidad que le había dado sentido.

La escultura que todavía cuenta su procedencia

La imagen de san Lorenzo permanece hoy en lo alto de Santa María, expuesta a la vista de vecinos y visitantes, aunque pocos conocen su verdadero origen. Desde su nueva ubicación contempla la plaza de Vázquez de Molina, alejada del barrio, la muralla y la iglesia cuya identidad representó durante siglos.


Su presencia convierte la fachada de Santa María en una especie de archivo de piedra. No todo lo que allí vemos nació para aquel edificio. Algunas piezas proceden de otros lugares, fueron desplazadas, reutilizadas y dotadas de un nuevo significado a lo largo del tiempo.

La trayectoria de esta escultura resume, en pequeña escala, una parte esencial de la historia contemporánea de Úbeda: la supresión de antiguas parroquias, la decadencia de los barrios intramuros, la concentración del culto en determinados templos y la dispersión de un patrimonio que, en ocasiones, se salvó precisamente porque fue arrancado de su contexto original.

Fuentes principales consultadas

  1. José Manuel Almansa Moreno, Urbanismo y arquitectura en Úbeda (1808-1931), Asociación Cultural Ubetense Alfredo Cazabán Laguna, Úbeda, 2011.
  2. José Manuel Almansa Moreno, «Estudio y recuperación de la iglesia de San Lorenzo, Úbeda (Jaén)», Espacio, Tiempo y Forma. Serie VII, Historia del Arte, nueva época, n.º 4, 2016, pp. 417-444.
  3. Archivo Histórico Municipal de Úbeda, Actas de Cabildo, referencias relativas a la supresión de parroquias, amenazas de demolición y traslado de bienes de San Lorenzo, citadas en los estudios anteriores.
  4. Miguel Ruiz Prieto, Historia de Úbeda, especialmente las noticias dedicadas a las parroquias, su patrimonio y las transformaciones eclesiásticas del siglo XIX.

 

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